Condiciones para el acto moral

Actuar de modo humano, es decir, de forma que esa actuación sea sujeto de un juicio moral y se pueda decir que el que la ha hecho ha obrado el bien o ha cometido un pecado, demanda en primer lugar conocer la bondad o malicia de lo que se ejecuta y, en segundo lugar, que el sujeto sea libre al momento de ejecutarla. Libertad y conocimiento condicionan, pues, el acto moral.

Dado que la racionalidad es lo específico del ser humano, para que un acto pueda imputársele moralmente a alguien, se requiere que la persona sea consciente de la acción que va a ejecutar y que, desde el punto de vista ético, advierta que es buena o mala.
La advertencia -el darse cuenta de la moralidad de lo que va a hacer-, ha de ser, pues, doble: debe ser consciente de lo que hace, pero además ha de conocer la bondad o malicia de la acción que ejecuta u omite. Poniendo un ejemplo: para cometer un pecado grave contra el tercer mandamiento no basta con dejar de asistir a Misa un domingo; se requieren además dos cosas: que se advierta que tal día es domingo y que es obligación grave asistir a misa. Lo mismo se puede decir, por ejemplo, del adulterio; para cometerlo es preciso saber que la persona con la que se tienen relaciones sexuales está casada; si eso se ignora, se cometerá un pecado contra el sexto mandamiento, pero no será de adulterio, pues se ignoraba algo que lo tipifica así.
Al conocimiento se opone la ignorancia, la cual acontece cuando se desconoce que tal acción es buena o mala desde el punto de vista moral. La ignorancia es “vencible” cuando es fácil salir de ella mediante una información adecuada. Por el contrario, es “invencible” en el caso en que, puestas las diligencias debidas, no es posible salir de ella.
Dificultades al conocimiento
            Pero el conocimiento requerido para la moralidad de una acción adquiere en nuestra cultura ciertas dificultades, añadidas a las normales con las que tropieza el simple acto de conocer, el cual puede encerrar el error, la duda, etc.
            Son las siguientes:
– El poco aprecio que nuestra generación tiene a la razón, lo que conlleva al descuido por la información y el escaso amor a la verdad.
– La influencia de la práctica moral en la ideas éticas. Es sabido la interrelación que existe entre doctrina y vida, entre conocimiento teórico y conocimiento práctico. Pues bien, en ocasiones una vida moral desordenada influye en las ideas morales, bien porque se busca una justificación a la mala conducta o, más grave aún, porque la mala vida oscurece la inteligencia e incapacita para alcanzar la verdad.
– Existen casos en los que no se da el conocimiento claro y está muy disminuido, lo que impide llevar a cabo “actos humanos”. Por ejemplo: los adictos a la droga o al alcohol, los habituados a ciertos fármacos, los estados psicológicos dominados por la depresión, los enfermos hipocondríacos, los estados de ansiedad, etc.
– Cada día es preciso enumerar más casos en los que cabe hablar de “ignorancia invencible”. Dios circunstancias aumentan esta situación. Primera, el gran desconocimiento que existe de las verdades cristianas y especialmente de los principios morales. Segunda, las ideas que se exponen en la enseñanza de la religión, en las catequesis, etc. Una época cultural cristiana y de enseñanza homogénea, aminoraba notablemente los casos de “ignorancia invenciblemente errónea”. Pero en la actualidad pueden encontrarse en esa situación personas que han sido adoctrinadas equivocadamente y quizá desde la infancia en temas importantes de la moral cristiana, tales como la obligación de asistir a la Eucaristía dominical o algunos aspectos de la moral sexual o económica.
Para estas y otras situaciones, sigue siendo valida la distinción clásica entre pecado “material” y pecado “formal”: éste supone que el acto se realiza con conocimiento y libertad; aquél es al que le falta uno o los dos de estos requisitos.
Libertad moral
            La acción moral, además de conocer la bondad o malicia del acto que se ejecuta, requiere el consentimiento. Para ello se exige la libertad de la voluntad. La libertad es el elemento más determinante de la moralidad de un acto. La acción que se lleva a cabo de modo violento o en la que la libertad se ve limitada o anulada por la pasión, el miedo, etc, pierde el carácter de “moral”.
La libertad es un tema complejo. Las dificultades surgen a cada paso, por lo que existen muchos errores en torno a ella: desde los que niegan su existencia hasta los que creen que existe la libertad absoluta. Nosotros partimos de la afirmación de que el hombre es libre y que la libertad es la capacidad de autodeterminarse. Desde ahí tenemos que analizar la relación entre libertad y verdad, libertad y ley y libertad y bien, magníficamente desarrolladas en la encíclica de Juan Pablo II “Veritatis splendor”.
1.- Relación libertad-verdad: La libertad está relacionada con la verdad y está subordinada a ella. Y esto porque la decisión del hombre no puede ser arbitraria, sino que debe respetar el orden objetivo, que responde a la verdad de lo real. La libertad no es un valor absoluto que crea las realidades de bien y de mal, sino que ha de respetar la objetividad de los valores. Mentir es malo porque es malo en sí mismo y no porque yo diga que es malo. Lo mismo podemos decir del robo, del crimen y de otras cosas.
Libertad-ley
            2.- Relación libertad-ley: La íntima relación libertad-verdad es también la solución para descubrir el error que se oculta cuando se contraponen la ley y la libertad. Las normas justas no pueden ser obstáculo para vivir la libertad, sino más bien una ayuda a que la voluntad descubra dónde están los valores morales por los que debe decidirse y optar libremente. La falsa contraposición entre libertad y norma sólo cabe plantearla cuando la ley representa el capricho del legislador. Pero si la ley es justa porque es fruto de la recta razón y trata de proteger los verdaderos valores morales de la persona o de la convivencia social, entonces la ley no coarta la libertad, sino que la enaltece, dado que ayuda a descubrir la verdad de los valores de la persona y de la sociedad.

3.- Relación libertad-bien: Si la voluntad debe optar y autodeterminarse, debe hacerlo por el bien y no por el mal; es decir, debe ser fiel a la verdad y no al error. El hombre puede hacer el mal, tiene capacidad física para hacerlo, pero no debe, pues la libertad se sitúa no en el “poder físico”, sino en el “deber moral”. Lo cual quiere decir que la esencia de la libertad consiste en determinarse por el bien y, cuando se decide por el mal, se pervierte. Santo Tomás de Aquino afirmó: “Hacer el mal no es la libertad, ni siquiera una parte de ella, sino tan sólo una señal de que el hombre era libre”. La libertad perfecta será la libertad del santo que, pudiendo hacer el mal, no lo comete, con lo que desconoce la esclavitud que engendra el pecado. Esta distinción entre el “poder físico” y el “deber moral” es lo que permite que la vida social sea una convivencia de libertades, donde se limitan mutuamente en orden a respetar la libertad de todos y a no imponer la libertad de poder, que será siempre la tiranía del más fuerte o del más inmoral.