Por qué fue Pedro el elegido

Otra de las cuestiones más repetidas en el “acoso” a que somos sometidos los católicos, es la del primado del Papa. ¿Por qué tiene que haber un primado en la Iglesia? ¿Por qué tiene que ser el obispo de Roma ese primado?. Para algunos, esta cuestión debería suprimirse porque impide la unidad ecuménica. Olvidan que en el origen de todo está la voluntad del propio Cristo.
Nunca podrá entenderse suficientemente la importancia de la figura del Obispo de Roma, sucesor del apóstol Pedro, sin previamente entender quién fue aquel hombre llamado Simón, hijo de Jonás, y cuál fue el papel que nuestro Señor Jesucristo quiso que desempeñara en su Iglesia. En el evangelio de Juan leemos cómo transcurrió el primer encuentro entre Jesús y Simón:
            Jn 1,40-42: Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan, y habían seguido a Jesús. Este halló primero a su hermano Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías («el Cristo»). Y le trajo a Jesús. Y mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefás (que quiere decir, Pedro). En estas primeras palabras ya nos encontramos con un elemento esencial. Cristo anuncia a Simón que tendrá un nuevo nombre por el que será conocido: Cefas (Pedro). ¿Porqué dicho cambio? En el Antiguo Testamento quizás encontremos la respuesta: Gen 17,3-5: Entonces Abraham se postró sobre su rostro, y Dios habló con él, diciendo: He aquí mi pacto es contigo, y serás padre de muchedumbre de gentes. Y no se llamará más tu nombre Abram, sino que será tu nombre Abraham, porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentes. Gen 32,27-28: Y el varón le dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él respondió: Jacob. Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido.
Motivos concretos
            Cada vez que Dios cambia el nombre de alguien, lo hace por un motivo muy concreto. Al establecer el pacto con Abraham, que significa “padre enaltecido”, le renombra como Abraham, que significa “padre de una multitud numerosa”. Dicho cambio de nombre está totalmente relacionado con el propio pacto que Dios establece con el patriarca.
            Igual ocurre con Jacob, a quien un personaje misterioso con el que había luchado le advierte que su nombre pasará a ser el de Israel, que significa “Dios lucha” o “él lucha con Dios”, lo cual queda confirmado por el propio Señor en el momento en que confirma en él el pacto que ya había hecho antes con su abuelo Abraham.
            Existen otros ejemplos veterotestamentarios en los que podemos comprobar que el nombre de una persona podía estar íntimamente relacionado con alguna circunstancia de su vida. No en vano, cuando el ángel del Señor anuncia a José, que el fruto del vientre de María es engendrado por el Espíritu Santo, al mismo tiempo le dice que el niño debía de llamarse Jesús, que significa “Yahvé salva”.
            Dicho nombre definía perfectamente la misión del Señor que había de nacer del seno de la Virgen María. Con todos estos antecedentes, no podemos ignorar el hecho de que Jesús, al darle un nuevo nombre a Simón la primera vez que se encuentra con él, está mostrando una cualidad esencial del propio Simón. Pero dejemos que sea el propio Señor el que nos diga quién es Pedro y cuáles son los elementos distintivos de su ministerio. Analicemos versículo por versículo.
¿Quién es Jesús?
            Mateo 16, 13-14: Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. Jesús sabía que había multitud de especulaciones acerca de su identidad, realidad que era igualmente conocida por sus discípulos. En medio de tanta confusión, el Señor les hace una pregunta muy interesante:
            Mt. 16,15: Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?. Notemos que no les pregunta “¿quién soy yo?”, sino “¿quién decís que soy yo?”. No siempre lo que creemos acerca de alguien coincide con la realidad. Y tanto más es así cuando ese alguien es el propio Dios. Hoy estamos en una situación similar a la de aquellos tiempos. Los hombres especulan mucho acerca de la verdadera identidad de Cristo. Unos dicen que es sólo un buen maestro. Otros que un iluminado que fracasó. Hay quien cree que fue un gurú palestino. Incluso los hay que opinan que fue un extraterrestre. Y muchos directamente le ignoran. Pero, de nuevo, lo verdaderamente importante es que nosotros, los que somos sus discípulos, podamos responder acertadamente a la pregunta “¿quién decís que soy yo?”. El que aquellos que no conocen de verdad a Cristo se equivoquen sobre su verdadera identidad es hasta cierto punto normal. Pero nosotros no podemos equivocarnos. Pedro no se equivocó.
            Mt. 16,17: Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Jesús es el Mesías, el Hijo del Dios viviente. Pedro lo ha dicho, el caso está cerrado. Pedro habla en nombre de todos ya que a todos era dirigida la pregunta. En Pedro está la respuesta de la Iglesia a la pregunta más importante que Jesús pueda hacer. La pregunta sobre su verdadera identidad. Y de dónde sacó Pedro su respuesta?, ¿de su capacidad intelectual?, ¿de su potencial humano para entender la verdad sobre Jesús?. ¡No!, como indica el versículo siguiente.
            Mt. 16,18-19: Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia; y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella.
Cristo y Pedro
            Simón supo, y la iglesia con él, quién es Jesús por revelación directa de Dios Padre. No le fue revelado por otros hombres, sino por Dios. Por eso, a este hombre que ha recibido la señal y que está marcado por Dios, Cristo le hace su sucesor, su vicario en la tierra. Ni podemos separar el nombre Cristo, y lo que significa, de Jesús, ni podemos separar el nombre de Pedro, y lo que significa, de la persona de Simón. Jesús el Mesías, y Simón la piedra. Y es justo en ese contexto en el que Cristo dice “y sobre esta roca (piedra) edificaré mi iglesia”. ¿Quién es el Cristo? Jesús, Jesucristo.
            ¿Quién es la roca o piedra sobre la que Jesús edifica su Iglesia?, ¿a quién se le da el nombre de piedra? A Simón, Pedro. Se trata de saber quién es Jesús y de saber quién dice Jesús que es Simón. Y una vez establecido quién es Jesús y quién es Pedro, Jesús edifica su Iglesia.
            Y ni la Iglesia se edifica sin la verdad acerca de Cristo, declarada por Pedro, ni la Iglesia se edifica sin la verdad acerca de Pedro, declarada por Cristo. Y es esa Iglesia, la verdadera, la que conoce y confiesa quién es Cristo y quién es Pedro, aquella sobre quien no prevalecerán las puertas del Infierno.