Domingo IV: Aceptar las críticas

3 de febrero de 2019.

“’Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra’. Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo.”  (Lc 4, 21-30)

A Jesús intentaron matarle nada menos que en Nazaret. Habría sido aún más trágico de lo que resultó después su muerte en Jerusalén, que hubieran sido sus propios paisanos los que acabaran con Él. Ellos, con los que había jugado siendo niño y a los que, sin duda, tantos favores había hecho, estuvieron a punto de asesinarle.

¿Y por qué?

Primero, por envidia, pues no se perdona a alguien que triunfa. Segundo, porque Él no hizo allí los milagros que ellos esperaban y que en el fondo se resumían en una sola cosa: verter a manos llenas la salud y la fortuna sobre sus vecinos. Tercero, porque Cristo se atrevió a lanzarles alguna crítica. También nosotros solemos actuar así: la envidia nos lleva a despreciar al prójimo y a sentirnos molestos con su éxito y alegres con su fracaso. Además, cuando el otro no nos da lo que queremos, nos olvidamos de lo que ya nos ha dado y nos alejamos de él. Y en cuanto a las críticas: la reacción de la mayoría es la de acallar la voz que nos dice lo que no nos gusta oír, tanto si tiene razón como si no la tiene, tanto si nos está diciendo las cosas en el momento oportuno y del mejor modo posible como si aún teniendo razón ha perdido los modos. Hagamos, pues, un esfuerzo de objetividad, para encajar las correcciones, seleccionando de ellas lo que nuestra conciencia nos dice que es verdadero, aunque nos cueste reconocerlo.

Propósito: No saltar ante las críticas. Guardar silencio y analizar después lo que nos han dicho para ver qué hay de verdad. Más tarde, quizá, se podrá hablar con el que nos critica.

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