2 de enero de 2026.
Uno de los artículos más interesantes que he leído estos días ha sido el escrito por un exobispo anglicano, Michael Nazir-Ali, que llegó a ser obispo de Rochester y se convirtió al catolicismo, siendo ahora sacerdote católico del Ordinariato creado por Benedicto XVI para los clérigos conversos del anglicanismo. Nazir-Alí intenta explicar en su artículo el por qué de las numerosas conversiones de clérigos anglicanos, que suponen ya un tercio de todos los sacerdotes católicos ordenados entre 1992 y 2024 en Inglaterra y Gales. Pone el foco en dos cuestiones, la llamada “autonomía provincial” y la falta de una autoridad doctrinal.
Por “autonomía provincial” se entiende, en el anglicanismo, la capacidad de las distintas “provincias” -que sería el equivalente a naciones: Estados Unidos, Canadá, Nigeria….- para decidir por sí mismas, independientemente del resto, determinadas cuestiones. En un principio no se pensaba que podían llegar a aprobarse cuestiones esenciales, pero los que la impulsaron sí sabían lo que querían. Se empezó poco a poco, como la aceptación de nuevos matrimonios tras el divorcio incluso en el clero. Rápidamente se pasó a la ordenación sacerdotal de mujeres y, poco después, a la ordenación de obispas. El siguiente paso fue la apertura al mundo homosexual: matrimonio homosexual y ordenación de hombres y mujeres que tenían una relación pública de pareja o de matrimonio, y eso afectó tanto a los clérigos como a obispos y obispas. Nazir-Ali, que formaba parte de la comisión de diálogo teológico con la Iglesia católica, fue testigo de las reiteradas advertencias del Vaticano de que eso hacía cada vez más difícil la unidad. La respuesta siempre fue la misma: “Aunque quisiéramos hacerlo, no podríamos impedir este desarrollo si la provincia ha tomado canónicamente tal decisión”. E incluso, cuando a una provincia en concreto se le advertía del riesgo de fractura interna en el anglicanismo por el malestar que estas cosas generaban en África -el pone el ejemplo de la suya, la de Inglaterra-, se respondía de modo similar y con un notable todo de desprecio: “Si crees que vamos a permitir que alguien fuera de Inglaterra nos diga lo que tenemos que hacer, ¡te equivocas!”.
La otra cuestión que ha llevado al anglicanismo a la ruptura -el 80 por 100 de sus antiguos feligreses se han ido para formar otra “Iglesia”- y que ha propiciado la conversión al catolicismo de clérigos anglicanos es la falta de una autoridad doctrinal. El antiguo obispo anglicano de Rochester y ahora sacerdote católico, lo explica así: “la cuestión que se plantea es quién decide qué significan las Escrituras y su vivencia en la vida de la Iglesia, es decir, la Tradición Apostólica, en tal o cual situación o al abordar tal o cual problema que ha surgido en el compromiso de la Iglesia con las culturas que la rodean”. Y añade: “Los obispos, junto con el obispo de Roma, y el propio obispo de Roma, tienen el deber, teniendo en cuenta el “sensus fidelium” de los fieles y los trabajos de los eruditos, de declarar, con diversos grados de autoridad, lo que significan las Escrituras y la Tradición Apostólica en tal o cual contexto o en relación con tal o cual cuestión. Sin esa autoridad docente, la Iglesia sería un barco sin timón, zarandeado por las olas de las modas cambiantes en un mundo cada vez más fragmentado”. Y concluye: “la situación de la Iglesia de Inglaterra y de la Comunión Anglicana en su conjunto revela lo que ocurre en una comunidad eclesial en la que falta esa autoridad docente”.
¿Qué tiene esto que ver con la Iglesia católica? En primer lugar, el propio Papa ha dicho recientemente que la aplicación de la sinodalidad podría ser diferente según los distintos países. ¿Esto significa que estamos ante lo que los anglicanos denominaron “autonomía provincial”? ¿En Alemania, en Suiza, en Bélgica, en Austria, se va a permitir algo que resulte escandaloso en Nigeria o en Camerún? Y luego está la cuestión de la autoridad doctrinal. ¿Hasta dónde podrán llegar las “autonomías provinciales” a la hora de aprobar “novedades”? ¿Tendremos diaconisas en un país, que son rechazadas en otro? Según Nazir-Ali, ese fue el principio del fin del anglicanismo. ¿Será esa concepción de sinodalidad también el principio del fin de la unidad en la Iglesia católica? ¿Estamos ante la aplicación de un método como el usado con el aborto, por el que se abrió una pequeña brecha en la puerta con la aceptación de casos extremos como el del peligro de la vida de la madre, para terminar en el aborto como un derecho y en el encarcelamiento de los que rezan en silencio incluso a muchos metros de distancia de los abortorios? ¿Es la sinodalidad el equivalente al famoso método para cocer una rana, como lo ha sido en los anglicanos la autonomía provincial?
Esta semana, el día 6, se clausura el año santo. El 7 y el 8 el Papa se reúne con todos los cardenales para escuchar lo que tengan que decir. Y la sinodalidad, más que la misa tradicional o el sacerdocio femenino, será el tema central del debate. Recemos.

