Chantaje al Papa

31 de enero de 2026.

            El Camino Sinodal alemán ha terminado. Ahora empieza la Conferencia Sinodal, que será el órgano de Gobierno de la Iglesia en Alemania. Sus Estatutos han sido definitivamente aprobados en la última asamblea del Camino celebrada esta semana. Entre otras cosas, se establece que dicha Conferencia estará integrada por tres bloques de 27 miembros cada uno y cada uno de los 81 miembros tendrá derecho a voto. Un tercio serán obispos, otro tercio serán representantes del poderoso Consejo de Laicos alemanes y los miembros del último tercio tendrá diferentes orígenes: dos serán religiosos, dos laicos nombrados por los obispos, cinco tendrán que ser menores de 30 años, tres deben ser de origen nativo alemán, trece tienen que ser mujeres y el resto serán de otros grupos, hasta el total de 27. La misión de esta Conferencia Sinodal será, entre otras cosas, decidir la línea pastoral de las diócesis y de las parroquias y, además, inspeccionar y hacer públicas las faltas de aplicación de las normas aprobadas. Si un párroco o un obispo decide no aplicar algo, su nombre será hecho público y sometido al escarnio y a la coacción, por no hablar de otro tipo de agresiones. Este acoso público, en la línea de la estrella que los nazis hacían llevar a los judíos en su ropa, ha sido lo que ha colmado el vaso de algunos de los obispos presentes, que, siendo muy partidarios del nuevo órgano de Gobierno, han considerado que ese escarnio público era demasiado. Uno de ellos ha sido el cardenal Marx, de Münich, que exclamó: “No quiero eso”. Sin embargo, más de dos tercios de los obispos lo aprobaron.

            Lo que quieren que se lleve a cabo en la Iglesia en Alemania, es, entre otras cosas: la participación de los laicos en el nombramiento de obispos, la supresión del celibato sacerdotal, la modificación del Catecismo para que se supriman los textos contrarios a los actos homosexuales, el acceso de los homosexuales practicantes al sacerdocio, la predicación de los laicos, el acceso a la comunión de todos los que lo deseen incluidos miembros de otras confesiones cristianas y personas convivientes que no están casadas por la Iglesia, y, por supuesto, el acceso de la mujer al diaconado como el primer paso para el sacerdocio, el episcopado y el papado. Todo eso se tendrá que aplicar y el que no lo haga será señalado públicamente con el dedo y tendrá que atenerse a las consecuencias. La nueva Inquisición, con el uso de los medios de comunicación como un moderno modo de tortura, está ya en marcha. La nueva Inquisición habla alemán.

            Estos Estatutos deberán ser ahora aprobados, dentro de pocos días, por los obispos, que se reunirán en asamblea plenaria, pero hay pocas posibilidades de que eso no ocurra. Y luego tendrán que ser aprobados por el Vaticano. La decisión, por lo tanto, recae directamente sobre el Papa.

            No tengo ninguna duda de que los Estatutos, tal y como están, no serán aprobados por el Santo Padre. Es imposible. Lo que me preocupa es lo que sí va a aceptar. Me da la impresión de que los alemanes están empleando la típica táctica del regateo: piden 100, sabiendo que no se lo van a dar, pero estando seguros de que les darán más que si pidieran 50. En el fondo es lo que hace Trump con Groenlandia: dice que va a conquistar la isla, sabiendo que eso es imposible, pero lo que busca es tener allí más presencia militar y, sobre todo, explotar sus recursos minerales; después ya veremos si, poco a poco, va consiguiendo el resto. Pero si el Papa cree que, dándoles algo, los alemanes se van a contentar y estarán tranquilos, se equivocará gravemente. La propia presidenta de los laicos alemanes, en la rueda de prensa con la que ha concluido la asamblea ha dicho claramente que, si no aprueban los Estatutos tal y como están, seguirán luchando.

            Seguro que, como ha dicho el cardenal Voelki, de Colonia, en el camino sinodal ha habido cosas positivas, como por ejemplo el empeño en luchar contra la pederastia en el clero y resarcir a las víctimas. Pero eso es una cosa y crear un organismo que sea como un parlamento que gobierne la Iglesia, desde las parroquias a las diócesis, aprobando cosas que van en contra de la doctrina católica, es algo muy distinto. Darles algo que vaya mínimamente en contra de lo que enseña el Catecismo y el Derecho Canónico, creyendo que eso va a ser suficiente para ellos es, de alguna manera, hacerse cómplice de un cisma. El Papa no puede hacer eso. Si lo hiciera, todo su programa de pontificado se vendría abajo. La unidad sería absolutamente imposible y sería él el responsable de que eso sucediera. Por otro lado, no creo que los alemanes “catoprotestantes” se vayan a ninguna parte si no se les da ni siquiera un premio de consolación. Han sometido a la Iglesia, y en especial al Papa, a un chantaje: si no nos dan lo que queremos, nos vamos. Han echado un órdago y ese órdago hay que verlo, sin miedo alguno, con la seguridad de que no se van a ir, pero no por amor a la Iglesia, sino porque viven de su dinero y el acuerdo que hay con el Gobierno alemán es con la Iglesia católica; si dejaran de ser católicos para fundar su propia Iglesia, como pasó tras el Concilio Vaticano I, dejarían de percibir el dinero del Estado y, entonces, ¿de qué van a vivir los ochenta mil empleados que tiene la Iglesia, si no saben hacer otra cosa?

            Ante este “cuasicisma”, como ha dicho el teólogo italiano Gaetano Masciullo, hay que responder con argumentos y con firmeza. Los argumentos los deben aportar teólogos como Müller, que los tiene, y la firmeza la debe aportar el Papa. Más que nunca, rezamos por él, para que no ceda al chantaje, para que buscando la unidad no traicione la verdad y, con ello, termine por acabar con esa unidad.

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