6 de febrero de 2026.
Mientras está en el aire de qué forma se va a resolver el gravísimo problema de la Conferencia Sinodal alemana, fruto del camino sinodal recorrido durante años en ese país, un nuevo conflicto ha estallado esta semana: la decisión de los lefebvrianos de ordenar nuevos obispos sin contar con el permiso del Papa. En realidad, el conflicto no es tan nuevo, pues se remonta a 1988, cuando monseñor Lefebvre ordenó cuatro obispos sin el permiso del Papa, lo cual hizo recaer sobre él y sobre los ordenados, de manera automática, la excomunión. Conviene recordar que el fondo de la cuestión es el rechazo a algunos de los documentos del Concilio Vaticano II, especialmente el de la libertad religiosa y el de la liturgia. Pero el Concilio acabó en 1965 y fue la deriva postconciliar provocada por el llamado “espíritu del Concilio” la que llevó a monseñor Lefebvre a fundar la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X en 1970. Su rechazo al Concilio no fue inmediato, entre otras cosas porque él fue uno de los padres conciliares y porque, al menos algunos de sus documentos, fueron votados a favor por él. El cisma se fue gestando poco a poco y cristalizó en 1988, con las ordenaciones episcopales llevadas a cabo en Ecône, porque Lefebvre veía ya próximo su fin y no quería dejar a su grupo sin la tutela de un obispo propio. Aunque en 2009, Benedicto XVI levantó la excomunión a los obispos ordenados irregularmente e incluso el Papa Francisco aceptó que sus confesiones eran válidas y que podían administrar válidamente el sacramento del matrimonio, la integración plena en la Iglesia católica no se produjo. El cardenal Müller, como prefecto de Doctrina de la Fe, recordó en más de una ocasión que esa integración no se podría producir hasta que los lefebvrianos no aceptaran el Concilio Vaticano II, interpretado en continuidad con la Tradición y no en clave de ruptura como hacen los liberales. La decisión del superior general de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, el P.Pagliarani, de ordenar nuevos obispos el 1 de julio, ha retrotraído el conflicto a 1988, con la amenaza de cisma. Antes de este anuncio, el P.Pagliarani ha mantenido un diálogo con varios Dicasterios del Vaticano, sin que haya habido un acuerdo. Se va a intentar evitar la ruptura con la reunión que el próximo jueves, día 12, tendrá lugar en Roma entre el superior general de los lefebvrianos y el cardenal Fernández, prefecto de Doctrina de la Fe, que ha sido delegado por el Papa para este diálogo. Una de las posibles soluciones sería la de aprobar un Ordinariato para todos los que quieren la misa tradicional, en el que estarían incluidos los de San Pío X, semejante al que Benedicto XVI aprobó para los anglicanos que querían hacerse católicos, pero la condición sigue siendo la misma: aceptación del Concilio Vaticano II, aplicado con una hermenéutica de continuidad.
Junto a este problema, sigue adelante la cuestión alemana. Los Estatutos de la Conferencia Sinodal aprobados la semana pasada son imposibles de aceptar por el Vaticano, por más que el presidente del Episcopado alemán, monseñor Batzing, haya dicho que está convencido de que no habrá obstáculos por parte de Roma. De hecho, dentro de unos días, justo antes de que se reúna la Conferencia Episcopal alemana, uno de los obispos más identificados con el camino sinodal y probable sucesor de Batzing, el de Essen, va a reunirse en el Vaticano con el prefecto de obispos, monseñor Iannone, para intentar convencerle de que esos Estatutos son maravillosos y no hay nada contrario a la Doctrina y al Derecho Canónico. Difícil lo tiene, pues fue precisamente Iannone, cuando presidía el Consejo Pontificio para los Textos Legislativos, quien redacto un demoledor documento contra el llamado “consejo sinodal” alemán, debido al cual éste fue desechado y sustituido por la actual Conferencia Sinodal, que es aún peor que aquel, pues si entonces los obispos eran la mitad del Consejo, ahora son sólo un tercio en el número total de miembros con derecho a voto. Monseñor Oster, obispo de Passau, que ha sido siempre muy crítico con el camino sinodal, pero que, a pesar de eso, sí participó en la asamblea de la semana pasada, a la que no acudieron ni el cardenal Voelki ni monseñor Voderholzer, obispo de Ratisbona, ha declarado esta semana que él no va a aplicar los acuerdos aprobados la semana pasada, pues conducen a la creación de una Iglesia que no es católica, “porque la comprensión de la sacramentalidad es, en esencia, lo que nos distingue de nuestros hermanos protestantes”.
Dos diálogos que parecen tener pocas posibilidades de éxito, los que el Vaticano mantendrá con los dos extremos que hay en la Iglesia: los lefebvrianos y los catoprotestantes alemanes. Mientras tanto, una buena noticia: el Papa ha elegido para que predique los ejercicios espirituales a la Curia vaticana a un obispo noruego, converso del luteranismo, monseñor Varden, trapense, que ha sido siempre un fuel y valiente defensor de la ortodoxia en la Iglesia. Hacía muchos años que una voz tan clara y valiente no se oía en un acto como ese. Además, los ejercicios no se harán en la capilla donde están los mosaicos del ex jesuita Rupnik, acusado de abusos sexuales a monjas, sino en otro lugar, la bellísima capilla paulina.
Seguimos rezando por el Papa, que no le tiemble la mano a la hora de defender el depósito de la fe, aunque para ello tenga que aceptar que algunos rompan la comunión con la Iglesia. Una unidad que no está basada en la verdad no es una unidad basada en Cristo, pues el Señor es la luz del mundo y la verdad plena.

