27 de febrero de 2026.
Hace una semana, el día 19, el Consejo General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, fundada por monseñor Lefebvre, decidió mantener la ordenación de obispos sin permiso del Papa, tal y como lo había anunciado antes de la reunión que el superior general, padre Pagliarani, tuvo con el prefecto de Doctrina de la Fe, cardenal Fernández. El cardenal le ofreció la aprobación de un estatuto canónico, dentro de la Iglesia, para la Fraternidad, que incluiría a los religiosos y laicos que se han adherido a ella. A cambio le pedía un diálogo teológico para ver qué partes de los documentos del Vaticano II podían aceptarse por parte de la Fraternidad, con un mínimo de adhesión a ellos. Ni siquiera se pedía que rechazaran definitivamente las ordenaciones episcopales, sino que las suspendieran, mientras se buscaba una fórmula que permitiera a los lefebvrianos encajar en la Iglesia. Se daba por supuesto que, si el diálogo no conseguía encontrar esa fórmula, ellos podrían convocar otra fecha para las ordenaciones, con las consecuencias canónica que la Iglesia en su momento decidiera. Era una buena oferta por parte del Vaticano. En resumen, la Santa Sede venía a decir: no se puede hablar bajo presión y amenaza de chantaje, renuncien a eso -al menos de momento- y hablemos.
La respuesta de los lefebvrianos ha sido tajante: no posponemos las ordenaciones y no tenemos nada que hablar con Roma. Sus argumentos han sido muy claros: el problema no está en la interpretación que se ha hecho del Vaticano II, sino en el propio Concilio; son los textos lo que rechazamos, y no la aplicación de esos textos, que si ha sido mala es porque los documentos daban pie a ello. Además, han recordado que fueron ellos los que propusieron ese diálogo en 2018 y fue el entonces prefecto de Doctrina de la Fe, cardenal Müller, el que lo rechazó. Niegan que la ordenación de obispos sin permiso del Papa sea un acto cismático porque sus obispos no van a tener jurisdicción -van a ser como obispos auxiliares-, porque la jurisdicción se tiene si el Papa se la da y pueden ser obispos, aunque el Papa no les dé esa jurisdicción. Es el mismo argumento que han utilizado algunos cardenales para justificar que haya laicos o religiosas al frente de Dicasterios en el Vaticano; para éstos, la ordenación episcopal no da al obispo los tres servicios ligados a la plenitud del sacerdocio (celebrar los sacramentos -santificar-, enseñar y gobernar), sino que sólo les da dos, mientras que el poder de gobernar se tiene si el Papa lo da y lo puede dar a quien quiera, incluso un laico. Si una monja puede ser prefecta del Dicasterio para los Religiosos, por ejemplo, es porque el Papa le ha dado ese poder de gobernar. Para los lefebvrianos, el cisma ocurriría si sus obispos asumieran ese poder sin mandato del Papa. La paradoja está en que los argumentos que utilizó el Papa Francisco son los mismos que ahora, con razón o sin ella, están empleando los seguidores de monseñor Lefebvre. No sé si se puede aplicar lo de que los extremos se tocan, pero desde luego se parece mucho.
Uno de los interpelados por el rechazo al diálogo del Padre Pagliarani ha sido el cardenal Müller, que, lógicamente, no se ha quedado callado. Ha rechazado que la culpa de la ruptura del diálogo en 2018 fuera únicamente responsabilidad suya y no ha dudado en afirmar que “si la Fraternidad San Pío X quiere tener un efecto positivo en la historia de la Iglesia, no puede luchar desde fuera por la verdadera fe contra la Iglesia unida al Papa, sino solo dentro de la Iglesia y junto al Papa y todos los obispos, teólogos y fieles ortodoxos. De lo contrario, su protesta no tendrá ningún efecto y será utilizada con sarcasmo por los grupos heréticos para acusar a los católicos ortodoxos de tradicionalismo estéril y fundamentalismo intolerante. Esto se puede estudiar especialmente en el llamado Camino Sinodal, donde se trata, de hecho, de introducir enseñanzas heréticas, en particular la adopción de antropologías ateas, y una especie de constitución eclesiástica anglicana (con una dirección eclesiástica autoproclamada formada por obispos débiles y funcionarios laicos ideológicamente obstinados y ávidos de poder)”. En definitiva, si la Fraternidad San Pío X justifica su decisión de ordenar obispos sin permiso del Papa por los muchos abusos de todo tipo que se han cometido después del Concilio Vaticano II, en nombre del “espíritu del Concilio”, estaría haciendo lo mismo que tantos herejes han hecho: partir de una corrupción cierta en la Iglesia, para justificar teorías heréticas. La corrupción y los abusos tienen que terminar, pero la doctrina no se puede modificar. Eso fue precisamente lo que llevó a cabo el Concilio de Trento, clave de la llamada Contrarreforma: luchar contra los abusos que denunciaba Lutero sin modificar la doctrina católica que Lutero rechazó.
Las palabras del cardenal Müller han servido para poner el foco en el otro gravísimo problema que tiene la Iglesia: la cuestión alemana. La Conferencia Episcopal de ese país ha elegido un nuevo presidente, el obispo de Hildesheim, monseñor Wilmer -un teólogo radical que está favor de cambiar la moral sexual y reclama la ordenación femenina- y ha aprobado los Estatutos de la Conferencia Sinodal alemana. Este pretender ser un órgano de gobierno de la Iglesia en Alemania, con capacidad para aprobar modificaciones de todo tipo -incluidas las referentes a la sexualidad y a la ordenación femenina- y también con capacidad de controlar a los obispos que no las apliquen, denunciándolo ante la opinión pública. Los obispos alemanes no han querido informar sobre el número de votos en contra que tuvieron esos Estatutos, lo cual indica que no hubo unanimidad, pues si así hubiera sido lo habrían dicho. Al menos hay tres obispos que ya había anunciado que rechazarían los Estatutos, pero sería bueno saber cuántos fueron al final los que se opusieron.
Ahora la decisión está en manos del Papa y de su equipo de gobierno. El Papa ha escuchado a los representantes del sector católico que se opone a la Conferencia Sinodal, tanto a laicos como a obispos. Le han suplicado que no abandone al pueblo fiel cediendo a las pretensiones de los “catoprotestantes”. Ahora depende de él acoger las súplicas de los que quieren seguir siendo católicos o aceptar lo que los burócratas de la Iglesia sinodal han aprobado. El Vaticano se tomará tiempo para responder, pero cuanto más tarde, más difícil será enfrentarse con una maquinaria de información que tiene todos los recursos de la riquísima Iglesia alemana a su disposición.
Lefebvre por un lado y los catoprotestantes por otro. El Papa puede optar por rechazar las pretensiones de los dos, por aceptar la de unos y rechazar las de los otros, o por aceptar ambas. Es una situación muy difícil la que León XIV tiene que afrontar. Estamos en una verdadera encrucijada. Pero no es cierto que no podamos hacer nada. Podemos rezar y eso es lo más importante en este momento. Rezamos y confiamos.

