¿Está librando Israel una guerra justa?

6 de marzo de 2026.

            La guerra, por desgracia, es, de nuevo, noticia. Trágica noticia. La negativa de Irán a poner límites a su industria nuclear para impedir que tenga la bomba atómica y el riesgo mortal que eso suponía para Israel y también para las naciones árabes del entorno, decidieron a Estados Unidos y a la propia Israel a desencadenar un ataque aéreo que comenzó por matar al líder religioso y a la vez político de Irán, el ayatola Jamenei. A partir de ahí, los intercambios de ataques han sido constantes por ambas partes, sin que en este momento se vea un horizonte de negociación y de paz. Desde su nacimiento como Estado moderno, Israel, con el apoyo de Estadlos Unidos, libra una guerra por su supervivencia, que ha tenido ya muchos episodios, siendo el actual uno más de ellos. ¿Se le puede pedir a Israel que acepte sin hacer nada el riesgo real de ser destruida con bombas atómicas? ¿Qué harían los pacifistas gobernantes europeos que están condenando la guerra, si sus países estuvieran en el lugar de Israel y fueran ellos los afectados? ¿Por qué esos pacifistas guardaron silencio ante el espectáculo terrible de las recientes matanzas contra cientos de iranies que pedían un cambio de régimen político? Pero, por otro lado, ¿se puede permitir que un país rompa la legalidad internacional, incluso alegando que se trataba de un ataque preventivo en legítima defensa? 

            La Iglesia ha reaccionado cumpliendo con su deber espiritual: advertir del peligro gravísimo de la guerra y pedir que ésta termine cuanto antes. No es una novedad. Sigue siendo actual la frase de Pío XII, poco después de estallar la segunda guerra mundial: “Nada se pierde con la paz, todo puede perderse con la guerra”. Eso no significa que no haya razones para la guerra y el concepto de “guerra justa” ha sido desarrollado durante siglos por los teólogos católicos. Pero no se le puede pedir a la Iglesia que se dedique a bendecir las bombas que unos y otros se arrojan recíprocamente. Por eso, el Papa León no dudó en advertir, a ambas partes del conflicto, que pusieran fin al “abismo irreparable de la guerra”. En sintonía con el Pontífice intervinieron los obispos norteamericanos, mostrando una vez más su distanciamiento con las políticas del presidente Trump; Monseñor Coakley, presidente del Episcopado, advirtió que «el conflicto creciente corre el riesgo de degenerar en una guerra regional más amplia» y subrayó que «nos enfrentamos a la posibilidad de una tragedia de inmensas proporciones». También ha hablado monseñor Martinelli, vicario apostólico del sur de Arabia, que incluye en su territorio a países bombardeados por Irán, como los Emiratos Árabes Unidos; el prelado exhortó a sus fieles a seguir las instrucciones de las autoridades para ponerse a salvo y a rezar diariamente el rosario por la paz y la reconciliación.

            Más allá de la guerra, se sigue esperando la respuesta del Vaticano a los dos desafíos que le han hecho: el rechazo de la Fraternidad sacerdotal San Pío X a suspender la ordenación de obispos sin permiso del Papa, y la aprobación en Alemania de una Conferencia Sinodal con poderes, incluso coercitivos, por encima de los obispos. Roma se lo está tomando con calma y es lo mejor que puede hacer. Con respecto a los lefebvristas, tiene tiempo hasta julio y es posible incluso que considere que ya ha dicho lo que tenía que decir y que ahora se limitará a responder cuando los hechos anunciados se consumen. Con respecto a los alemanes, también tiene tiempo, pues hasta noviembre no está convocada la Conferencia Sinodal, cuyos estatutos no podrán entrar en vigor hasta que el Papa no los apruebe.

            Muy interesante la nota de la Comisión Doctrinal de la Conferencia Episcopal española sobre los nuevos movimientos religiosos, algunos de los cuales han nacido en España y tiene ya amplia repercusión internacional. La nota lleva como título una preciosa frase del santo cardenal Newman: “Cor ad cor loquitur”, “el corazón habla al corazón”. Es una nota equilibrada, que, por un lado, advierte del riesgo de reducir la relación con Dios a los sentimientos y a las emociones -la nota lo llama “emotivismo religioso”-, lo cual haría depender la fe de “la intensidad de la emoción, reduciéndola a la medida del sentimiento”, con el riesgo de manipulación que eso conlleva. Pero, por otro lado, la misma nota episcopal advierte del grave riesgo que lleva consigo el desprecio a la dimensión afectiva, como si el hombre fuera sólo intelecto y no existiera también el corazón, ese corazón que, según Pascal, tiene razones que la razón ignora.

            La realidad, que es la que manda, dice que hay un resurgir inesperado de nuevos movimientos religiosos, que están saciando el hambre de Dios de muchos jóvenes. Grupos como Hakuna, Effetá o Emaús no son más que un síntoma de algo que sale de la base y que renueva lo que hace años hicieron los Cursillos de Cristiandad, los Carismáticos, los Focolarinos o, en otra dimensión, los Neocatecumenales. La Iglesia no puede sofocar el Espíritu y debe mirar a su propia historia para saber cómo actuar en el presente. ¿Qué hizo el Papa Inocencio III, en el año 1210, cuando San Francisco de Asís se presentó en Roma con un puñado de compañeros para pedirle que aprobara la regla de su fraternidad? Aquel Papa medieval supo ver la acción del Espíritu Santo y apoyó al santo de Asís, a la vez que le pedía que diera formación a la multitud de jóvenes que querían seguirle. ¿Está haciendo eso la Iglesia hoy con los nuevos movimientos? ¿Están estos recibiendo el apoyo que les dio San Juan Pablo II o, por el contrario, se limita a cuidar lo que ya existe, que por desgracia muestra síntomas de agotamiento, sin alentar lo nuevo? ¿No da hoy la impresión de que todo lo nuevo es sospechoso hasta que no demuestre lo contrario y que, por lo tanto, debe ser tratado como algo peligroso más que como un don de Dios que necesita ser apoyado tanto como orientado?

            Pidamos, unidos al Papa, por la paz. En la Conferencia de Yalta, en la que Estados Unidos regaló a Stalin la mitad de Europa en contra de la opinión de Churchill, cuando éste preguntó qué pensaría el Papa de haber entregado países católicos, como Polonia, a los comunistas, Stalin preguntó con ironía: ¿Cuántas divisiones de tanques tiene el Papa? La respuesta vino años más tarde, cuando un santo gigante polaco, Juan Pablo II, fue decisivo para derribar el ensangrentado telón de acero. Nosotros no tenemos divisiones de tanques, ni poderosos recursos económicos, ni grandes reservas de petróleo, pero tenemos fe y creemos y sabemos por experiencia el poder que tiene la oración. Rezamos, junto al Papa, por la paz.

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