¿Competencia por el poder entre mujeres y sacerdotes?

13 de marzo de 2026.

            Esta semana se ha publicado el informe elaborado por el grupo de trabajo número 5 del Sínodo de la Sinodalidad. El título dice claramente cuál es asunto sobre el que se ha tratado: “la participación de las mujeres en la vida y el gobierno de la Iglesia”. Su contenido complementa lo tratado por el grupo de trabajo número 4, la revisión de la identidad sacerdotal. En ambos grupos de trabajo lo que se perfila es una competencia entre mujer y sacerdote, y no por ver quién aporta más a la Iglesia y a la evangelización, sino por el poder. Más allá de las buenas palabras, que el informe del grupo 5 sí tiene cuando asegura que no se trata de competir por ver quién manda, el fondo es este, o al menos así se percibe.

            El obispo, y unido a él como colaborador suyo el sacerdote, ha recibido por el orden sacerdotal tres “munus”, tres “misiones”, tres “servicios” que debe desarrollar para el bien del pueblo de Dios y de la evangelización a los que aún no forman parte de él. Esto está clarísimamente expuesto en el Concilio Vaticano II. Esos tres servicios son el de santificar, el de enseñar y el de gobernar. Los tres están íntimamente relacionados, de forma que, si uno de ellos falla, los otros dos se deterioran, y eso sucede aún más si de los tres fallan dos. Lo que se está proponiendo es arrebatar al sacerdote esos servicios para que los hagan los laicos -y, sobre todo, las laicas-. El servicio de la enseñanza se ejercita sobre todo en las homilías y en la responsabilidad que tiene el obispo en su diócesis y el sacerdote en su parroquia de que los diversos tipos de catequesis se impartan siendo fieles a la doctrina católica. El servicio de gobierno permite tanto al obispo como al sacerdote -cada uno en su ámbito- organizar del mejor modo posible tanto la diócesis como la parroquia para que cumpla su objetivo de servir y evangelizar. El servicio de la santificación hace que el sacerdote pueda celebrar los sacramentos, que son el alimento espiritual que cada católico -también el obispo y el sacerdote- necesita para alcanzar la santidad en medio de las luchas de este mundo. Imaginemos ahora que al sacerdote de una parroquia -o al obispo de una diócesis- se le priva de dos de esos servicios. Ya no va a predicar la homilía ni va a vigilar que las catequesis que se dan sean correctas, pues eso lo van a hacer laicos. Tampoco va a decidir nada sobre cómo tiene que funcionar la parroquia -o la diócesis-, en ningún aspecto, pues eso va a decidirlo un equipo de gobierno formado por laicos. ¿En qué se convierte el sacerdote? En alguien que llega a la parroquia, celebra la Santa Misa sin poder transmitir un mensaje -o predicando la homilía cuando le dejan y siendo controlado en lo que dice-, asistiendo en silencio a una enseñanza con la que quizá no está de acuerdo porque no refleja la verdadera doctrina; tampoco puede intervenir en cómo se gasta el dinero de los fieles, en qué se hace en el templo -por ejemplo, obras de teatro o exposiciones de pintura de todo tipo-, en cómo se debe organizar la liturgia o en quién debe ser catequista. Ese sacerdote se ha convertido en un empleado de unos laicos -en la mayor parte de los casos, serán laicas- que le dirán lo que tiene que hacer, cuándo tiene que confesar si es que le dejan celebrar ese sacramento, incluso el tiempo que debe durar la misa, le pagarán un sueldo bajo y le mandarán a su casa. Con todo el respeto que merecen las señoras de la limpieza, será algo parecido. El sacerdote habrá sido reducido a alguien que llega, celebra la misa -en las condiciones de forma y tiempo que le impongan los laicos- y se va. ¿En serio están pretendiendo esto desde el Vaticano? ¿Es este el objetivo del Sínodo? ¿Creen que van a entrar así muchos jóvenes al seminario? Más aún, ¿van a estar contentos la mayoría de los laicos que todavía van a misa al ver al sacerdote transformado en este personaje silencioso y obligadamente impotente?

            Fijemos nuestra mirada ahora en Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote: Él enseñaba -le llamaban, entre otras cosas, Maestro-, el gobernaba -y transmitió ese poder de atar y desatar a los apóstoles y en especial a Pedro- y el santificaba -con la institución, en la Última Cena, del sacerdocio y de la Eucaristía, y en otros momentos de los demás sacramentos-. Con el nuevo modelo del sacerdocio que se quiere implantar, como mucho se dejará al obispo y al presbítero la tercera función, suprimiendo dos que son tan esenciales como ella, la del Jesús que enseña y la del Jesús que gobierna.

            Y ¿qué dice el Papa? En la magnífica carta que envió hace poco a los sacerdotes de Madrid, León XIV nos dijo -y fue muy criticado por ello- que “no se trata de inventar modelos nuevos (de sacerdocio) ni de redefinir la identidad que hemos recibido, sino de volver a proponer, con renovada intensidad, el sacerdocio en su núcleo más auténtico —ser alter Christus—, dejando que sea Él quien configure nuestra vida, unifique nuestro corazón y dé forma a un ministerio vivido desde la intimidad con Dios, la entrega fiel a la Iglesia y el servicio concreto a las personas que nos han sido confiadas”. ¿Cómo podemos ser un “alter Christus” si no podemos enseñar como Cristo enseñaba y lo que Cristo enseñaba? ¿Cómo podemos ser un “alter Christus” si nos convertimos en empleados que tiene que observar pasivamente y en silencio lo que otros deciden sobre lo que se debe hacer en una parroquia?

            Lo que hay que pedir, lo que ha pedido el Papa, es que hagamos bien nuestro papel de enseñar correctamente, gobernar sin autoritarismo y escuchando a los fieles, y celebrar dignamente los sacramentos. Hay que pedir al sacerdote que sea un buen sacerdote y que luche por ser un santo sacerdote. Que sea, en definitiva, un “alter Christus”. ¿Tiene algo que ver este modelo de sacerdocio con lo que se está recomendando en las conclusiones del Sínodo?

            No se trata de luchar por el poder, para ver si ahora son las laicas -algunas laicas- las que dan las homilías y mandan en las parroquias. Se trata de ser fieles a lo que Cristo quiso cuando instituyó la Iglesia, su Iglesia. Es la fidelidad a Cristo lo que debe guiarnos, y no el deseo de adaptarnos al mundo o de contentar a algunos que, con lo que sueñan es con tener el poder, aunque no lo reconozcan. Más aún, si llegara a haber sacerdotisas, ¿estarían contentas si no pudieran predicar ni dirigir las parroquias y tuvieran que presenciar como predican y gobiernan hombres laicos?            

El Papa nos pide a los sacerdotes ser “alter Christus” y no lo podremos ser si no podemos servir como sirvió Jesús, que enseñó, gobernó y santificó. Renunciar a esta identificación con Cristo, Sumo y eterno sacerdote, es renunciar al sacerdocio católico y, como consecuencia, hacer otra Iglesia.

  • 0.000000lag
  • 0.000000lag
  • 0.000000lag
  • 0.000000lag
  • 0.000000lag
  • 0.000000lag
  • 0.000000lag