27 de marzo de 2026.
Hay semanas en las que es necesario comenzar por exponer los hechos porque las conclusiones se extraen casi por sí mismas. Empecemos por la derecha: la Fraternidad Sacerdotal San Pío X ha dado a conocer el detalle de cómo serán las ordenaciones episcopales que llevará a cabo el próximo 1 de julio. Es una señal clara de que no va a retroceder en su propósito de violar la ley canónica, que prohíbe ordenar obispos sin permiso del Papa. Cuando lo hizo, en tiempos de San Juan Pablo II, la consecuencia fue la excomunión para los ordenantes y los ordenados. Los lefebvrianos han repetido varias veces en estas semanas que les da lo mismo que les excomulguen porque no creen que el Papa tenga derecho a hacerlo ya que, según ellos, se trata de una necesidad pastoral; lo que parece, más allá de las palabras de aceptación del Pontífice como vicario de Cristo, es que han dejado de creer que la Iglesia católica, la Iglesia presidida por el Papa y con sede en Roma, sea la Iglesia verdadera.
Quizá sea por el miedo a que a los lefebvrianos les permitan hacer las ordenaciones sin consecuencias, por la izquierda también están apretando al Santo Padre. El obispo de Amberes, monseñor Bonny, ha anunciado que va a ordenar sacerdotes a hombres casados en un plazo máximo de dos años, lo permita o no lo permita el Papa. La ordenación de hombres casados no es tan grave como la de obispos, pero sería una desobediencia manifiesta y el anuncio de que está dispuesto a ello es un reto claro al Pontífice; un reto que procede además de un obispo en ejercicio y que no debería quedar sin consecuencias, incluso aunque llegado el momento Bonny no se atreviera a hacerlo. También por la izquierda ha intervenido otro obispo, el de Luxemburgo, jesuita y cardenal: monseñor Hollerich. El que fuera uno de los hombres más próximos al Papa Francisco ha hecho unas declaraciones sorprendentes, no sólo porque pide la ordenación sacerdotal femenina, sino porque dice que “la mitad del pueblo de Dios sufre porque no tiene acceso al ministerio ordenado”. Por si fuera poco, añade que “cuando hablo con las mujeres de las parroquias, el 90 por 100 de nosotros tenemos la misma opinión”. ¿Qué empresa de consultas estadísticas ha contratado el cardenal Hollerich para afirmar como un dato científico que todas las mujeres católicas sufren por no poder ser sacerdotisas o, al menos, porque algunas de ellas no puedan serlo? A mí me consta que hay muchísimas mujeres católicas que no sólo no quieren ser sacerdotisas u obispesas, sino que no están de acuerdo en que alguna mujer lo sea. ¿Y se ha hecho un estudio que confirme que las luxemburguesas están a favor del sacerdocio femenino en un 90 por 100? Además, y sobre todo, lo que pone de manifiesto el argumento del cardenal es que la Iglesia tiene que cambiar al ritmo de los tiempos. Los datos en los que él se basa son falsos y no es cierto que todas las mujeres católicas estén a favor del sacerdocio femenino e incluso es posible que tampoco lo estén el 90 por 100 de las luxemburguesas, pero, aunque esos datos fueran verdaderos, la Iglesia no puede adaptarse al mundo y cambiar su doctrina según sus exigencias. Que un cardenal ignore esto y presione al Papa para que legisle en función de las mayorías, indica no sólo la gravedad de la situación que se vive en la Iglesia, sino también el nivel teológico de quien utiliza esos argumentos.
Presiones por la derecha y presiones por la izquierda. ¿Y qué hace el Papa?
Con respecto a los lefebvrianos, el Vaticano guarda silencio. Es posible que no se pronuncie hasta que se lleven a cabo las ordenaciones episcopales ilícitas, pero mientras tanto está moviendo ficha para evitar que se produzca una fuga masiva hacia el cisma lefebvriano por parte de aquellos que quieren seguir la liturgia tradicional. Eso explica el mensaje que León XIV ha enviado a los obispos franceses, reunidos en Asamblea Plenaria, y en el que les ha pedido que sean generosos con los fieles tradicionalistas, a la vez que reconoce que el rechazo que ellos perciben por no poder acudir a la misa de San Pío X supone una “dolorosa herida” en la Iglesia. Este mensaje del Papa parece indicar que se está preparando algún tipo de normativa que deje en manos de cada obispo la regulación de la liturgia tradicional. Quizá sea esto lo que más miedo les da a los liberales y por eso aprietan diciendo: si a los conservadores les das eso, a nosotros nos tienes que dar curas casados y sacerdotisas.
Pero, esta semana, León XIV no sólo se ha pronunciado sobre la cuestión litúrgica, sino que ha sido muy claro en lo referente a quien tiene en la Iglesia la misión de enseñar y gobernar, que es el gran debate teológico del momento, pues implica cambios profundos en la concepción del sacerdocio, tanto si éste fuera ejercido por hombres como por mujeres. Siguiendo con sus catequesis sobre el Concilio Vaticano II, el Papa ha recordado una enseñanza esencial, que la jerarquía de la Iglesia no es “una construcción humana que sirve para la organización interna de la Iglesia como cuerpo social, sino que es una institución divina que tiene como finalidad perpetuar hasta el final de los tiempos la misión que Cristo dio a los apóstoles”. No se trata, por lo tanto, de algo que se pueda cambiar -como pide el cardenal Hollerich-, puesto que se trata de una institución divina y, cuando el Señor la instituyó en la Última Cena eligió a hombres y sólo a hombres como apóstoles, cuyos sucesores son los obispos. Además, el Papa zanjó la cuestión de si los laicos -hombres y mujeres- pueden enseñar y gobernar, recordando que esas dos tareas, junto con la de santificar (celebrar los sacramentos) también estuvo reservada a los apóstoles: “Como los apóstoles están llamados a custodiar fielmente las enseñanzas salvíficas del Maestro, transmiten su ministerio a hombres que, hasta el retorno de Cristo, siguen santificando, guiando e instruyendo la Iglesia gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral”. Por lo tanto, el sacerdocio es sólo para hombres y sólo esos hombres ordenados como sucesores de los apóstoles pueden ejercer el servicio de santificar, guiar e instruir. Esta enseñanza del Papa, basada literalmente en el Concilio Vaticano II, debería ser suficiente para acabar de una vez con la ambigüedad, pero temo que no será así y que los catoprotestantes seguirán insistiendo en que quieren sacerdotisas y que quieren a laicos y laicas predicando en las misas y dirigiendo las parroquias.
Las presiones al Papa, como se ve, vienen de un lado y de otro. Él se está mostrando como un hombre tranquilo, que actúa sin prisas, pero que sabe lo que quiere y que no cede a las presiones. Su enseñanza es impecable. Es probable que se flexibilicen las restricciones a la misa tradicional pero no se va a ceder en la cuestión del sacerdocio femenino. Está por ver qué puede pasar con el otro grave problema: la comunión de los divorciados vueltos a casar. Hay que apoyar al Papa para que en esto tampoco ceda y deje claro que no se puede comulgar mientras se vive en una situación de pecado. Aceptar que sea la subjetividad la que decida si se está o no en gracia dejaría sin valor las enseñanzas morales de la Iglesia y entronizaría el relativismo como argumento principal en la orientación de la conciencia.
Recemos por el Papa.

