¿Se puede ser cristiano sin Cristo y sin Iglesia?

“Yo soy cristiano y le rezo a Cristo, pero no quiero saber nada con los curas y la Iglesia”. Esta frase se dice y se oye con mucha frecuencia a nivel popular. A otro nivel, más de élite “progresista”, lo que se dice es que hay que “trabajar por el Reino” -es decir, por la justicia social, utilizando incluso cualquier medio- y que es mucho menos importante, o incluso nada importante, la relación que se tenga con Cristo.
De una manera o de otra, Cristo está siempre en el centro del debate. Para unos, sigue siendo válido, atractivo, pero lo separan más o menos radicalmente de la obra que él fundó: la Iglesia. Para otros, por el contrario, Cristo ha pasado a un segundo plano y lo importante es una parte de su mensaje, lo que se ha llamado “el Reino”.
            El primer grupo -el más numeroso- no hace una crítica a la persona de Cristo, ni siquiera a su mensaje tal y como nos ha sido transmitido en los Evangelios. En parte porque no lo conoce y en parte porque su relación con el Señor es sobre todo sentimental, emotiva. Lo que no desea es “soportar” las exigencias de la moral cristiana y como quien le recuerda y pone al día esas exigencias es la jerarquía de la Iglesia, se revuelve contra ella y la rechaza. Sin embargo, no rechaza a Jesucristo, en parte porque admira y hasta quiere sinceramente al personaje -un ejemplo son buena parte de los cofrades andaluces- y en parte porque no soporta la soledad intelectual del ateísmo. Necesita creer en algo. Necesita aferrarse a una fe que le habla de una vida después de la muerte y que le ofrece la posibilidad de una ayuda divina en momentos de especial dolor en esta vida. Pero no quiere que esa misma fe le complique la vida con sus exigencias. Por eso se revuelve contra sus representantes: el Papa, los obispos, algunos curas. Utiliza para ello, en primer lugar, los errores de los mismos a los que ataca -por ejemplo, los escándalos por abusos sexuales de sacerdotes norteamericanos-. No le interesa saber la verdad de lo ocurrido y no suele ser tan tonto como para no poder comprender que esos errores proceden de una minoría poco representativa. Probablemente es consciente de todo ello, pero en su lucha contra la jerarquía emplea toda la artillería que puede utilizar y ésa es eficaz y demoledora.
            También emplea otro argumento: el de que la Iglesia debería ponerse al día para atraer a más fieles. Es la filosofía de las rebajas: vende más barato para tener más clientes y ganar más dinero. Probablemente sabe o al menos intuye que eso la jerarquía no lo puede hacer porque dejaría de ser fiel a su fundador, Jesucristo, y porque los casos en que se ha hecho -las Iglesias protestantes han recorrido ese camino desde hace muchos años- no sólo no han conseguido lo esperado sino que han perdido la casi totalidad de sus “clientes”. Pero, aun sabiéndolo, insiste en ello con la esperanza de que la jerarquía atenúe su discurso moral y le permita hacer lo que quiere hacer con la conciencia tranquila.
            No faltan, dentro de la estructura eclesiástica, quienes apoyan este discurso. Son muchos los teólogos -y, sobre todo, son aireadas por los medios de comunicación sus opiniones- que creen lo mismo que esos “cristianos ligth” o “cristianos sociológicos”. Para ellos, Cristo fue un liberador de toda opresión y si la moral se ha convertido para el hombre de hoy en una carga e incluso en un motivo de alejamiento de Cristo, lo que hay que hacer es reducirla al precio que sea.
            El otro sector sí que ha hecho una crítica a la persona de Cristo e incluso a su mensaje. Han confluido en él diversas corrientes y por motivos diferentes. La crítica racionalista del siglo XIX, con Bultman a la cabeza, se acercó a Cristo con el objetivo de “desmitificarlo”, suprimiendo del personaje y de sus enseñanzas todo lo que sonara a sobrenatural. Aunque los propios discípulos de Bultman se revolvieron contra su maestro y demostraron lo inconsistente de sus teorías, la semilla que aquel sembró no ha dejado de dar fruto. Es muy frecuente encontrar entre el clero y no pocos teólogos -y, por consiguiente, entre ese sector de laicos superficialmente ilustrados en el saber teológico- la especie de que no todo lo que aparece en los Evangelios procede del propio Cristo, sino que habría sido introducido posteriormente para justificar determinados criterios morales o políticos de la jerarquía de la Iglesia. Otros llegan a poner en duda aspectos fundamentales de la vida de Cristo -como su nacimiento de la Virgen María o su resurrección-. E incluso no faltan quienes le acusan abiertamente de no ser más que un líder judío sometido a los condicionantes culturales de su época, debido a los cuales, por ejemplo, impidió el acceso de la mujer al sacerdocio.
            Estos ataques contra Cristo iban dirigidos, naturalmente, contra la Iglesia, que era a la que de verdad importaba herir. Si el fundador perdía prestigio o se sumergía en la nebulosa de la leyenda abandonando el suelo firme de la historia, entonces la Iglesia perdía influencia y capacidad normativa sobre sus fieles. Y, sobre todo, dejaba de ser molesta para los gobiernos. Estoy convencido de que la masonería tuvo mucho que ver en la difusión de este tipo de ideas.
            En ese contexto surgió el huracán de la revolución marxista. Bajo la atractiva bandera de la lucha por la justicia social y el fin de la opresión de los obreros a manos de los capitalistas, enroló a no pocos cristianos de todos los sectores, incluidos buena parte de los cuadros dirigentes de la Iglesia: obispos, clero, religiosos y religiosas. Se presentó a Jesús como un pionero del marxismo y se insistió en que socialismo y cristianismo tenían mucho en común y que si Cristo viviera hoy sería el primer comunista. Mientras esto se decía, se mandaba a los campos de concentración a miles de sacerdotes o se les asesinaba.
            Para completar esta labor de absorción del cristianismo, que pusiera al servicio del partido comunista la todavía gran influencia de la Iglesia, se elaboró una teología que sólo más tarde y en parte fue conocida como “de la liberación”. Ahí fue donde surgió el desarrollo del concepto de “Reino”, al cual se le suprimió rápidamente la coletilla de “de Dios”. Se suprimió también el tratamiento de “Rey” dedicado a Jesucristo. Muchos de los miembros de la élite eclesiástica empezaron a trabajar “por el Reino” y no por Cristo, el Rey. Ese “Reino” era muy parecido a la sociedad sin clases que predicaba el marxismo, hasta el punto de ser fácilmente homologables. Además, si en el caso de Cristo quedaba claro que no se podía usar la violencia, porque él la rechazó explícitamente, en el caso del “Reino” ya no estaba tan claro. Así se puede franquear la barrera ética de que “el fin no justifica los medios”, para llegar a justificar el uso de la violencia, tanto la revolucionaria como la terrorista, con el fin de acelerar el triunfo de la justicia, del “paraíso marxista”. Cristo había pasado a un segundo lugar para retroceder después hasta puestos aún más lejanos. Un “obrero del Reino” no tenía necesidad de rezar, pues no seguía a Cristo, sino a “la causa” y a “la causa” no se le reza. Tampoco valían los sacramentos y, desde luego, dejó de tener valor el celibato sacerdotal y el voto de castidad. Lo que importaban eran las obras en pro de la justicia, hasta el punto de que se veía mal hasta la caridad, pues en un buen análisis marxista cuanto peor van las cosas, mejor para la revolución, ya que entonces la gente no podrá aguantar más y explotará.
            A pesar de todo, Cristo ha sobrevivido a todos estos ataques. Y a sobrevivido su cuerpo místico, su Iglesia. Aunque no todas esas patrañas están desenmascaradas y aún siguen haciendo mucho daño, cada vez son más los que se dan cuenta de que cristiano significa ser seguidor de Cristo y de que el Cristo verdadero sólo se encuentra en su Iglesia.