Conversiones, los jóvenes vuelven a la Iglesia

10 de abril de 2026.

            Dicen que hay personas a las que los árboles les impiden ver el bosque. Pero también hay personas a las que el bosque les impide ver los árboles. En este caso, los árboles son la ola de conversiones juveniles a la Iglesia católica. El bosque sigue existiendo y podríamos tipificarlo como “la crisis”. La crisis de la que llevamos hablando y padeciendo desde hace muchos años. La crisis que es real. La crisis que nos hace constatar que los seminarios están cada vez más vacíos y que en muchos templos sólo se ven ancianos. La crisis de tener obispos y cardenales que enseñan y promueven doctrinas contrarias al Evangelio y a la Tradición. La crisis de las amenazas de rupturas por la derecha y por la izquierda. Pero esto, que es verdad, no es toda la verdad. El bosque, la crisis, existe, pero también existen los árboles y, en este caso, se da la circunstancia de que esos árboles son nuevos, jóvenes y, además, cada vez son más. Cada vez son sorprendentemente más. Cada vez son milagrosamente más. Esos árboles son los miles y miles de jóvenes del mundo secularizadísimo occidental que están llamando a las puertas de la Iglesia, pidiendo entrar en ella.

            Francia, que siempre fue la “enfant terrible”, la niña contestona que le gustaba ir contra corriente, la de la revolución del 68 con su “ni Dios ni amo”, ahora resulta que es la pionera en esas conversiones y que, año tras año, ofrece cifras cada vez mayores de bautismos de adultos, la inmensa mayoría de ellos jóvenes. Al lado, en los Países Bajos, en la catedral de Utrech, hay que ir con tiempo a misa si se quiere coger sitio y la inmensa mayoría son jóvenes.

            Y España, tan aburrida y gris, donde los católicos no son ni malos ni buenos, sino todo lo contrario, está también despertando de su tibia siesta y esta Pascua la Iglesia ha bautizado a 14.000 adultos, e incluso en San Sebastián han vuelto a celebrar una procesión después de muchos años y ya no ha sido sólo la “kale borroka” de los herederos de ETA la que ha ocupado las calles, pero esta vez no para insultar y destruir, sino para cantar himnos de alabanza al Dios que muere y resucita por nosotros; e incluso, el presidente del Episcopado, que es el mejor que hemos tenido en muchos años, no ha dudado en enfrentarse valientemente al presidente del Gobierno que, al ver que termina la guerra con Irán y se le acaba su reclamo electoral del “no a la guerra”, ha vuelto a sacar a las calles otra procesión, tan típica suya, la de los niños asesinados por el aborto, a manos de esos que el Papa Francisco llamó “sicarios”. Y en Madrid -es imposible no quererla-, en este segundo domingo de Pascua se volverá a llenar la Cibeles con muchos miles de jóvenes, convocados entre otros por Hakuna, para celebrar la Pascua de Resurrección.

            Y Estados Unidos, donde un formidable grupo de obispos han resistido valientemente el acoso de los liberales de dentro y fuera de la Iglesia, las conversiones han superado este año las 90.000, siendo también ahí la mayoría jóvenes. Hay iglesias en Nueva York -que no es precisamente una ciudad conservadora- donde la gente no cabe y diariamente llegan jóvenes pidiendo el bautismo. No se trata sólo de diócesis gobernadas por obispos conservadores, sino que es un fenómeno que recorre todo el país, hasta el punto de que están a la cabeza de las conversiones diócesis como Newark y Washington, gobernadas por sendos cardenales que no son precisamente antiliberales.

            Constatado esto, y no he hecho más que seleccionar una muestra pequeña de lo que está pasando, hay que preguntarse por qué están brotando tantos árboles en un bosque que parecía estar marchitándose y condenado a convertirse en una reliquia de lo que fue un pasado esplendoroso. O dicho de otra forma, ¿a la puerta de qué Iglesia están llamando estos jóvenes? ¿Qué buscan, qué piden? Me recuerda lo ocurrido hace algo más de ocho siglos, en la ciudad de Asís, cuando una jovencita, guapa y rica, de largos cabellos dorados como una princesa de cuento, dejó su cómoda y noble casa por la noche para llamar a la puerta del humilde conjunto de chozas instaladas en el valle, donde habitaban un grupo de locos, enamorados soñadores de un Dios Todopoderoso que, sin embargo, les estaba pidiendo ayuda para reconstruir una Iglesia que amenazaba ruinas. Como ahora. Y cuando el primero de esos locos poetas enamorados, Francisco, la preguntó a la casi adolescente Clara qué quería a esas horas de la noche, qué había venido a buscar, ella no le dijo: la pobreza, el servicio a los pobres y, mucho menos le dijo, la conversión ecológica para salvar las ballenas. Clara, tan lista como mujer y tan santa como las más grandes de la historia de la Iglesia, le contestó a Francisco con una sola palabra: Dios. Clara fue a buscar a Dios y lo demás (la pobreza, el servicio a los pobres y el amor a la naturaleza) vino por añadidura. Lo que los jóvenes buscan hoy es lo que han buscado siempre, algo que llene su corazón inquieto. Han buscado a Dios. Eso es lo que piden a la Iglesia y no pararán hasta que lo encuentren. Es un reto enorme para la Iglesia llenar esta necesidad de Dios que tienen los de la primera generación de la historia de la humanidad que ha crecido sin fe y sin límites en la moral sexual; una generación que es tan individualista que ahora reclama instintivamente esos límites que sus mayores despreciaron, porque sin ellos se sienten perdidos en un horizonte infinito en el que no se encuentran ni consigo mismos.

            La Divina Providencia ha querido que al frente de la Iglesia esté un hijo de San Agustín, aquel joven brillante pero vacío, aquel que escribió en sus confesiones que su alma estaría inquieta hasta que descansara en Dios. León XIV habla con frecuencia de Dios. Por ejemplo, este miércoles en la audiencia, al comentar la vocación del laico, dijo que la verdadera vocación de todos, todos, todos, es la santidad. La santidad, no el poder. Que los jóvenes estén buscando al Dios que abandonaron sus mayores y que el Papa hable con tanta frecuencia de Dios no es casualidad. Es el Señor, que siempre sabe lo que hace, pues por algo es Dios.

            Y hablando del Papa, vaya gol que ha marcado en la portería alemana. El gol que no supo marcar el Real Madrid al Bayern. Ha nombrado nuncio a un holandés conservador, muy crítico con la deriva suicida de la Iglesia en varios países europeos, especialmente Alemania y Bélgica. No va a ser fácil, pero es infinitamente mejor que si el nombrado hubiera sido un liberal,

            Me uno al Papa en su convocatoria a rezar este sábado, víspera de la Divina Misericordia, por la paz. Rezamos y confiamos. La Iglesia no tiene poder, pero si es fiel a Cristo tendrá autoridad moral y eso puede ser más importante que las armas.

            Divina Misericordia, en ti confío.

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