17 de abril de 2026.
El Papa está en África. Ha cumplido ya la mitad de su viaje, visitando Argelia y Camerún. Le esperan Angola y Guinea Ecuatorial. En Argelia todo ha girado en torno a San Agustín, el fundador de la Orden a la que León XIV pertenece y uno de los más grandes maestros de espiritualidad católicos. Para el Pontífice, la visita a las ruinas de Hipona, de donde fue obispo San Agustín, ha sido especialmente emotiva.
En Camerún ha afrontado con valentía los problemas del país -un presidente que lleva casi una eternidad en el poder, pobreza, corrupción, falta de futuro para los jóvenes y, sobre todo, guerra civil debido a que la zona anglófona quiere la independencia-. En Bamenda, la región anglófona, insistió en que la paz no puede imponerse con la guerra y que hay que buscar el diálogo; además, recordó que el gasto que lleva consigo esa guerra civil -que ha causado ya más de seis mil muertos y cientos de miles de desplazados- se está comiendo los recursos del país, que deberían dedicarse a sanidad y educación. En su condena de la violencia mencionó también lo que sucede en el norte del país, que es la zona donde actúan los terroristas islámicos, pero no dijo que sean ellos la causa de esa violencia, quizá para no provocar nuevos ataques sangrientos contra la indefensa población civil. Esta es y será siempre una cuestión discutida y discutible: se trata con delicadeza al islam y se habla siempre del diálogo con ellos, pero no se critica a los radicales de esa religión que siembran el terror y se ensañan especialmente con los cristianos y no sólo en Nigeria o los países del centro de África. Es una política que parece dirigida a construir puentes de diálogo con la parte moderada del islam, pero que no parece tener ningún efecto entre los terroristas y que puede dejar a las víctimas con la impresión de que están siendo desamparados.
Sin embargo, el tema de la semana ha sido el ataque del presidente Trump contra el Papa. La manipulación en este caso ha sido notoria, pues no han faltado entre los católicos quienes han reprochado al Papa que se haya enfrentado con él e incluso quienes critican a los que han defendido al Pontífice, como ha sido mi caso. Hay que dejar claro que León XIV no ha querido contestar al presidente norteamericano, como dijo explícitamente cuando, en la mañana del domingo, al emprender su viaje a Argelia, fue preguntado por los periodistas sobre los insultos que acababa de recibir. El Papa ha hecho lo que debía hacer al callar ante esos insultos, pues lo contrario hubiera sido rebajarse a una polémica con alguien que dice cosas que no parecen propias de una persona que está en su sano juicio. Pero lo que es absurdo es que se pretenda que nadie defienda al Papa, cuando ha sido víctima de una vejación pública tan grave. ¿De verdad son católicos los que exigen que el Papa sea calumniado sin que se alce una voz en su defensa, o son adoradores de un político que se presentó a sí mismo en las redes disfrazado de Jesucristo? Trump ha hecho muchas cosas buenas -y entre ellas sitúo lo que está ocurriendo en Venezuela-, pero no se puede ni se debe callar ante sus palabras ofensivas contra el vicario de Cristo.
Otra cosa distinta es la trastienda de lo que ha ocurrido. Trump estalla justo después de la larga entrevista a los tres cardenales en activo que quedan en Estados Unidos, en una televisión de ese país. Fue un ataque durísimo y personal contra él, por su política contra los inmigrantes ilegales y negando que la guerra de Irán fuera una guerra justa. Pocos días antes, el propio Pontífice había recibido a uno de los principales asesores de Obama, en lo que fue interpretado como un aval por parte de la Iglesia al Partido Demócrata en un contexto casi electoral. Además, el arzobispo castrense norteamericano, monseñor Broglio, también había puesto en duda la legitimidad de la guerra en Irán, además de recordar a los militares católicos que no estaban obligados a obedecer órdenes que fueran en contra de su conciencia. Otro precedente al exabrupto de Trump fueron las palabras que el propio Pontífice dijo en el domingo de Pascua, cuando afirmó que Dios no está con los que emprenden la guerra, sin especificar que eso sólo se puede aplicar a los que no libran una guerra justa, aunque hay que reconocer que lo dijo poco después de que Trump amenazara con arrasar una civilización milenaria. Este conjunto de cosas, que precedieron al arranque visceral de Trump, no justifica de ningún modo los insultos contra el Pontífice, pero sí suscitan preguntas. Sabiendo como es el presidente norteamericano y como era muy probable que reaccionara, ¿no fue provocado deliberadamente para que hiciera lo que hizo, con el objetivo de ofender a muchos de los católicos que le votaron y perjudicar a su partido en las próximas elecciones de noviembre? ¿ha sido utilizado el Papa, sin saberlo, en una operación política? Son muchos los que están diciendo que todo indica que existió un trabajo coordinado, dirigido a hacer estallar a Trump -lo cual es fácil de conseguir- contra el Pontífice y que ese exabrupto se volviera contra el propio presidente precisamente por lo intolerable que es.
También esta semana han tenido lugar dos intervenciones más, significativas. La primera, del vicepresidente Vance, católico practicante, que ha reprochado al Pontífice no haber aclarado, cuando dijo que los que hacían la guerra no eran bendecidos por Dios, que eso sólo sucede con los que no hacen una guerra justa, y puso como ejemplo la segunda guerra mundial. La respuesta vino de la Conferencia Episcopal norteamericana, que dejó claro que, efectivamente, Vance tiene razón pero que el Papa se refería a eso mismo, aunque no lo citara explícitamente, y también defendió que la misión de cualquier Papa, cuando hay guerra, es pedir que se dialogue y que el conflicto cese cuanto antes. Vance ha planteado el debate, con su intervención, en una cuestión más profunda: ¿es o no justa la guerra de Irán? No cumple la condición de que sea una guerra defensiva, pues Irán no había atacado. Pero ¿el hecho de que estuviera ya cerca de tener una bomba atómica, que podría arrojar sobre Israel causando millones de muertos, no es una amenaza suficientemente grave para justificar el ataque? ¿no se puede aplicar en ese caso el concepto de legítima defensa, aunque se haga mediante un ataque preventivo? Y, ante esto, surge de nuevo otra cuestión, ¿es verdad que Irán estaba preparando una bomba atómica? Unos lo afirman y otros lo niegan. Pero ¿si no es así, por qué se negaron a firmar la moratoria de 15 años que les exigió Trump en las negociaciones de paz? ¿si no quieren tener la bomba atómica, por qué no aceptar el desarme nuclear cuando eso hubiera puesto fin inmediato a la guerra?
En todo caso, hay que dejar claro que los insultos contra el Papa no pueden ser tolerados y que éste tiene el deber de pedir que se acaben las guerras, porque todo puede perderse con ellas, y que se firme una paz justa, a la que se llegue mediante el diálogo. Israel tiene derecho a velar por su supervivencia, sin que eso signifique que puede hacer lo que quiera. Y, quizá, convendría profundizar en un debate teológico sobre el concepto de guerra justa, pues con las armas que ahora existen, lo que hasta ahora se entendía como tal puede haber quedado anticuado.
Apoyamos al Papa. Rezamos por el Papa y rezamos por la paz.

