24 de abril de 2026.
Si la visita de San Juan Pablo II a México, apenas comenzado su pontificado, supuso para él un apoyo definitivo para llevar a cabo las reformas que pretendía hacer en la Iglesia, se puede decir algo parecido de la visita del Papa León XIV a África. En el gobierno de la Iglesia y en la propia figura del pontífice, hay un antes y un después de este viaje. El Papa se ha mostrado ante el mundo como un líder tranquilo pero valiente, que no rehúye los problemas y que habla con tanta claridad como caridad. Hay un líder moral en el mundo y ese es el actual vicario de Cristo.
El viaje comenzó con el ataque, tan injusto como políticamente absurdo, del presidente norteamericano Trump contra el primer pontífice norteamericano de la historia. Ahí, León XIV demostró quién es él. En pocas palabras desarmó al agresivo presidente: no voy a entrar en discusiones, pero no le tengo miedo. Fue suficiente. Trump quedó en ridículo ante el mundo. Días después, León incluso acudió en el rescate del presidente cuando lamentó que algunos comentaristas estuvieran echando leña al fuego al interpretar cada palabra suya, tanto antes del viaje como después, como un ataque a la política de Trump.
La absurda agresión verbal de Trump podría haber arruinado la visita del Papa a África. No fue así, en absoluto. Precisamente porque la atención mundial estaba pendiente de lo que podría hacer o decir el Pontífice y de si sus palabras tenían un doble significado, se les dio a sus discursos una cobertura mediática que, sin lo ocurrido, sólo hubiera merecido la atención de algunos medios católicos. Esa fue la oportunidad que León XIV, un Papa norteamericano que sabe cómo tratar con los medios, aprovechó.
Hay que comenzar con un detalle que se ha pasado por alto. La fecha del viaje. Un evento así se planifica cuidadosamente durante meses. ¿Por qué se decidió que el Papa estuviera en África cuando se cumplía el primer aniversario de la muerte de su predecesor? O, dicho de otro modo, ¿qué hubiera ocurrido si hubiera estado en Roma? El primer aniversario de una muerte siempre se celebra de una forma especial y, por lo tanto, León se hubiera visto obligado a acudir a Santa María la Mayor y celebrar allí la misa solemne, dedicar la homilía a elogiar al fallecido y luego arrodillarse ante su tumba para depositar un ramo de flores. ¿No se habría interpretado eso como una canonización extraoficial? En cambio, en ese momento estaba lejos, muy lejos, y se limitó a decir unas palabras cariñosas y elogiosas de Francisco y lo hizo, además, ante los periodistas en el avión que le llevaba desde Angola a Guinea Ecuatorial, para que no hubiera lugar a falsas interpretaciones. Elogió de Francisco aquello por lo que es unánimemente reconocido: su cercanía a los más pobres, a los ancianos, a los enfermos y a los niños; destacó su apoyo a la fraternidad universal, pero entendiéndola como un “auténtico respeto por todos los hombres y mujeres” y terminó diciendo lo que se debe decir siempre por un difunto: “Recemos para que ya esté gozando de la misericordia del Señor”. No lo canonizó, como habría hecho si hubiera afirmado: “Encomendémonos a él para que interceda por nosotros en el cielo”. Pidió para que la misericordia del Señor le acogiera en el cielo, que es lo que hacemos cuando rezamos por cualquier difunto. Ni más ni menos.
En cuanto a los mensajes, aparte de los dirigidos específicamente a los países que visitaba -denunció valientemente la corrupción ante los propios dictadores y pidió paz y diálogo donde hay guerra civil, como en Camerún-, también afrontó cuestiones que han sido muy problemáticas por el confuso o incluso herético tratamiento que se les ha dado en el pasado reciente. Primero, la cuestión del sincretismo religioso, con la adoración o simulación de adoración a los ídolos: dos veces lo condenó desde Angola, pidiendo a los católicos que estuvieran siempre atentos para no utilizar “elementos mágicos y supersticiosos -procedentes de la religiosidad tradicional- que no ayudan en el camino espiritual”. Y si eso vale para África, lo mismo vale para América. Sin nombrarla, León XIV acababa de enterrar a la pachamama, porque introducir su culto en la Iglesia, como se ha hecho, no es otra cosa que asumir como propios esos “elementos mágicos y supersticiosos que no ayudan en el camino espiritual”.
Otra cuestión espinosa que afrontó con absoluta claridad, de nuevo ante la prensa: la cuestión alemana. Aprovechando la provocación consciente y deliberada hecha por el cardenal Marx, arzobispo de Münich, que ha ordenado a sus sacerdotes que bendigan todo tipo de parejas, incluidas las convivientes y no sólo las homosexuales o las trans, León XIV demostró, lo mismo que había hecho ante Trump, que no busca los problemas, pero que no los va a rehuir. Una periodista alemana le preguntó por lo que había hecho Marx -entre paréntesis, hay que agradecer que por fin los periodistas que le acompañan en el avión puedan preguntar cosas interesantes y no sólo aquello que no va a molestar al entrevistado-. El Papa contestó: “La Santa Sede ya ha hablado con los obispos alemanes. La Santa Sede ha dejado claro que no estamos de acuerdo con la bendición formalizada de las parejas –en este caso, parejas homosexuales, como usted ha preguntado– o de parejas en situaciones irregulares, más allá de lo que el Papa Francisco ha permitido específicamente al decir que todas las personas reciban la bendición”. Pero no se limitó a eso, sino que aclaró en qué consiste lo que Francisco permitió: “Cuando un sacerdote imparte la bendición al final de la misa, cuando el Papa imparte la bendición al final de una gran celebración como la que hemos tenido hoy, hay bendiciones para todas las personas. La famosa expresión de Francisco «todos, todos, todos» expresa la convicción de la Iglesia de que todos son acogidos, todos están invitados a seguir a Jesús y todos están invitados a buscar la conversión en su propia vida. Ir más allá de esto hoy, creo que puede causar más desunión que unidad, y que deberíamos tratar de construir nuestra unidad sobre Jesucristo y sobre lo que Jesucristo enseña”. Es una respuesta perfecta, porque a nadie se le niega la bendición -y el ejemplo de la bendición al final de la misa es muy claro y es el que muchos hemos puesto para poner las cosas en su sitio-, pero a todos se nos pide la conversión, y eso significa que todos debemos reconocer que somos pecadores y que la Iglesia nos bendice a nosotros, pero no a nuestro pecado. Ahora falta por ver qué harán el cardenal Marx y el resto de los obispos alemanes que están promoviendo esas otras bendiciones y qué hará la Iglesia si ellos siguen adelante desobedeciendo al Papa. Una ley contra el robo o contra el crimen puede ser muy buena, pero es inútil si después quien tiene que ejecutarla es tolerante y permisivo con los ladrones y asesinos.
Por si fuera poco, afrontó otra cuestión de la máxima importancia, la de la inmigración. Lo hizo en el momento oportuno y de nuevo ante unos periodistas a los que por fin les dejan preguntar cosas que interesan a todos. Empezó por admitir algo que muchos en la Iglesia han negado: “Un Estado tiene derecho a establecer normas en sus fronteras. No digo que todos deban entrar sin un orden, creando a veces, en los lugares a los que van, situaciones más injustas que las que han dejado atrás”. Por lo tanto, el Papa está en contra de la inmigración ilegal y de los abusos e incluso delitos que algunos de esos inmigrantes crean en los países que los acogen y que generan un rechazo cada vez mayor contra todos los inmigrantes, incluso los legales. Además, recordó que esa inmigración ilegal pone a los emigrantes en manos de mafias que abusan de ellos, y especialmente de las mujeres y de los niños (un porcentaje altísimo de las mujeres que emigran ilegalmente a Estados Unidos son violadas y muchos de los niños desaparecen para usarse en prostitución o en tráfico de órganos). El Papa no olvidó, sin embargo, a los propios emigrantes ilegales, que, aunque no tengan derecho a entrar en un país, cuando llegan a él “deben ser tratados como seres humanos y merecen el respeto que le corresponde a todo ser humano por su dignidad”.
Visto en su conjunto, analizando las graves cuestiones que ha afrontado con tanta claridad como equilibrio -el sincretismo, el problema alemán y la inmigración ilegal-, creo que hay que concluir el viaje a África ha sido decisivo, que León XIV se ha erigido como el líder moral mundial y que la Iglesia vuelve a ofrecer certezas, tanto hacia dentro como hacia fuera. Damos gracias a Dios por este Papa y seguimos rezando por él.

