1 de mayo de 2026.
Dentro de una semana, el día 8 de mayo, se cumplirá un año de la elección de León XIV como obispo de Roma y vicario de Cristo, sucesor de San Pedro y líder de la Iglesia católica, con sus 1.400 millones de fieles. El Papa lo celebrará haciendo una peregrinación a la basílica de Nuestra Señora del Rosario, en Pompeya, que en ese día celebra su fiesta.
Hace un año saltaba la sorpresa cuando, tras la fumata blanca que salía de la Capilla Sixtina, vimos aparecer en la logia de la basílica de San Pedro al primer Papa norteamericano de la historia. No se trataba de un completo desconocido, pues era en ese momento prefecto del Dicasterio para los Obispos, cargo en el que había sustituido al veterano cardenal Ouellet. Se sabía que era agustino y que había sido superior general de esa Orden religiosa y, además, obispo de una Diócesis peruana, Chiclayo. Había sido nombrado para ambos cargos por el Papa Francisco (en Chiclayo en 2014 y en el Vaticano, como prefecto y cardenal, en 2023), por lo que se suponía que era un “hombre de Francisco”. Sin embargo, aunque su nombre estaba en las quinielas de los papables, no figuraba entre los principales candidatos, sobre todo cuando días antes de la elección se publicó una información que le acusaba de tolerancia en un caso de abusos cometidos por un sacerdote en su anterior diócesis peruana. Por eso y por ser norteamericano y, por lo tanto, originario de la primera potencia mundial, su nombramiento fue una sorpresa para muchos. Los cardenales que lo eligieron por amplia mayoría demostraron, al hacerlo, que eran inmunes al intento de boicotear a candidatos publicando historias de su pasado, al margen de si eran verdaderas o no, y también que creían que lo mejor para lidiar con un presidente norteamericano era un Papa norteamericano, sobre todo cuando ese presidente era Trump. Aunque el cardenal Prevost parecía un hombre de Francisco al cien por cien y había sido elegido por un cónclave integrado por una amplia mayoría de hombres de Francisco, cuando se conoció su nombre seguía siendo un casi desconocido.
Ahora ha pasado un año. En cierta forma sigue siendo un desconocido, pues la característica más destacada de su forma de gobernar es la cautela. Quizá porque su edad (acaba de cumplir setenta años) y su buena salud (ha sido y es un buen deportista) le auguren muchos años de gobierno de la Iglesia, se está tomando las cosas con calma, con mucha calma. En Estados Unidos hay la costumbre de que, salvo cosas urgentes y graves, no se deben hacer cambios en el primer año de gobierno, tanto en una diócesis como en una parroquia. Él lo está aplicando al pie de la letra, casi sin excepciones.
Sin embargo, en este año sí que ha hecho cosas. Por ejemplo, de forma inmediata se distanció de su predecesor en su forma de vestir, en su forma de celebrar la liturgia, en el abandono de Santa Marta para volver a la tradicional residencia papal, que es el Palacio apostólico, en el uso exclusivo de Castelgandolfo, yendo allí cada semana y desde julio dejando de ser un museo visitable para ser utilizado sólo por él. Esto ha hecho que muchos de los más fieles “francisquistas” se sientan decepcionados con él y se pregunten si no se habrán equivocado a la hora de votarle. Pero estos gestos externos no son, sin embargo, lo más significativo. Lo que más preocupa y decepciona a los liberales -aunque no lo digan en voz alta- es que no ha dado un paso en falso con respecto a la doctrina tradicional en ninguna cuestión relevante. Incluso en los asuntos más conflictivos, como la bendición de parejas homosexuales, la ideología woke o la cuestión de la inmigración, ha sido muy claro insistiendo en que las bendiciones sólo se dan a las personas y no a las parejas cuando éstas se encuentran en situación objetiva de pecado, en que el matrimonio es únicamente entre un hombre y una mujer y en que todos los países tienen derecho a poner limites a la inmigración, aunque los que están en esos países como ilegales deban ser tratados como personas y no como animales.
Este comportamiento, la cautela con la que está actuando, no se debe a que sea un gobernante tímido, sino a que intenta cumplir el programa que se marcó a sí mismo y que hizo público tras ser elegido, en cuanto desveló el lema de su Pontificado: la búsqueda de la unidad. El hecho de que el Papa anunciara que ese era su principal objetivo implicaba el reconocimiento de que la Iglesia estaba profundamente dividida y que, por ese camino, se iba directamente a la ruina. Aunque los cardenales conservadores fueran una minoría en el cónclave, no ocurría lo mismo entre los católicos practicantes y, sobre todo, no era así entre los sacerdotes jóvenes. Eso el Papa lo sabía y también lo sabía la inmensa mayoría de los cardenales, que fueron los que le votaron. Se eligió a un “hombre de Francisco”, ciertamente, pero lo suficientemente moderado como para intentar coser el desgarro que se había producido en la Iglesia. Por eso, León XIV ha puesto su mayor empeño en no alarmar excesivamente a los liberales, mientras que atrae a los conservadores. Una prueba de ello es que no ha habido un solo discurso importante en el que no haya citado a los tres últimos Pontífices: San Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco.
En cuanto a los nombramientos, es muy norteamericana su forma de proceder: esperar un año antes de hacer cambios, salvo los imprescindibles. Imprescindible era el de prefecto de Obispos, pues era el cargo que él ocupaba, y el elegido fue un experto canonista, relegado por Francisco por haber redactado el documento que desautorizaba las conclusiones del Sínodo alemán. Al anterior secretario de Francisco le ha puesto al frente de la Prefectura de la Casa Pontificia, mientras que ha nombrado al sacerdote peruano que le ha acompañado durante los últimos años y que es de su máxima confianza como secretario suyo. A su amigo agustino, monseñor Luis Marín, le ha sacado del avispero de la Secretaría del Sínodo dándole un puesto de confianza, mucho más tranquilo, el de limosnero pontificio. Ha aprovechado la jubilación del nuncio en Estados Unidos para poner allí a un diplomático experimentado, capaz de lidiar con el explosivo presidente de ese país. En Alemania, el nuncio es un neerlandés conservador y en España el nuncio causó tanto malestar al Gobierno socio-comunista que no podía tener mejor tarjeta de presentación que esa. El cambio más reciente ha sido el de sustituto de la Secretaría de Estado, llevando a ese puesto a un joven diplomático de carrera, que era nuncio en Colombia y donde era muy apreciado por el Episcopado de ese país, en un contexto tan difícil como el de representar a la Iglesia ante el Gobierno de un radical de izquierdas como es Petro. No son cambios menores, pero el grueso de la Curia vaticana sigue intacto. Muy pocos de los prefectos han sido confirmados en sus cargos y, los que sí lo han sido -por ejemplo, el de laicos y el de culto divino-, lo han sido hasta el fin de su mandato, mientras que sobre los demás sigue pensando la espada de Damocles de no saber si en cualquier momento les pueden cesar.
Si León XIV es un liberal más o menos radical o si es un conservador que logró introducirse en las filas francisquistas. Lo importante es que busca la unidad y que sabe que será imposible conseguirla si se traiciona la doctrina católica. Sabe que la mayoría de los católicos practicantes son conservadores y que ir contra ellos es chocar contra un muro que ni siquiera su predecesor pudo derruir. Ahora, pasado un año, tendrá que afrontar los cambios y, seguramente, lo hará con la forma tranquila y meditada que le caracteriza. Pido a todos que en esta semana que falta hasta su aniversario, le acompañemos con el rezo del Santo Rosario y le encomendemos a la Virgen María, a Nuestra Señora del Buen Consejo, para que le guíe en el gobierno de la Iglesia y ésta sea una, como Cristo quiso, para que el mundo crea.

