La extrema izquierda y la extrema derecha atacan al Papa

15 de mayo de 2026.

El enfrentamiento interno en la Iglesia empeora por momentos. O quizá habría que decir que está dando por fin la cara y mostrando lo que llevamos años sabiendo y padeciendo.

Esta semana, la presidenta del Comité Central de los Católicos alemanes, el poderosísimo órgano de control de la Iglesia en Alemania que ha sido el impulso del Camino Sinodal, ha insultado al Papa llamándole poco menos que ignorante y exagerado por rechazar las bendiciones a las parejas homosexuales y al resto de las parejas irregulares. Ha dicho que la preocupación del Papa es “infundada”, es decir, que no tiene fundamento. Ella es la que de verdad saber lo que conviene hacer en la Iglesia y no el pobre Papa que, a sus ojos, es un simple que no tiene ni idea de en qué consiste la verdad. Por supuesto, ha añadido que espera que no se modifique lo más mínimo el tristemente famoso bendicional. Ignoro si el Vaticano está dialogando con los obispos alemanes sobre el asunto, pero todo parece indicar que las declaraciones de esta señora son una advertencia tanto hacia el Papa como hacia los propios obispos, no sea que se les fuera a ocurrir hacerle caso al Vaticano.

En el otro extremo están los lefebvrianos. Doctrina de la Fe ha publicado una nota recordando que no se ha modificado la advertencia de que si se llevan a cabo las ordenaciones episcopales sin permiso del Papa, tanto los nuevos obispos como los que intervengan en la ordenación quedarán automáticamente excomulgados y la Sociedad Sacerdotal San Pío X será considerada cismática. La respuesta ha sido inmediata. El P.Pagliarani, superior general de la Sociedad Sacerdotal, ha publicado una profesión de fe para que quede claro que es lo que ellos creen. Entre otras cosas, reivindican que “fuera de la Iglesia no hay salvación”, tomado en el sentido más literal y estricto posible, ignorando incluso los matices que ya antes del Concilio introdujo Pío XII. Pero se da la paradoja de que si son declarados cismáticos, ellos se convierten en un grupo que está fuera de la Iglesia, con lo cual ellos -según su propio criterio- se perderían la salvación eterna. La otra opción, que la que posiblemente asumen, es la de que quienes quedan fuera de la Iglesia son todos menos ellos; es decir, el Papa y los 1.400 millones de católicos se convierten en cismáticos y, por lo tanto, en futuros condenados al infierno, porque la verdadera Iglesia son ellos y sólo ellos.

Ese es el punto al que hemos llegado, en buena medida como consecuencia de una aplicación liberal del Concilio Vaticano II, de una aplicación en ruptura con la Palabra de Dios y con la Tradición, que ha llevado a unos a renunciar a los textos conciliares para aplicar el Vaticano II en base a un abstracto “espíritu del Concilio”, y a otros a separarse de la Iglesia por haber consentido todo tipo de aberraciones. Ahora, los dos extremos han llegado a un acuerdo: la unidad es imposible y la Iglesia tiene necesariamente que dividirse. La primera consecuencia es que la misión del Papa, principio y salvaguarda de la unidad de la Iglesia, deja de tener sentido; el Pontífice se convierte, para unos y para otros, en una mera figura decorativa, en una reliquia de un pasado que va cubierta con trapos pintorescos pero que no tiene ninguna potestad jurídica.

Ante esta situación, es imprescindible que el Papado siga existiendo y, para ello, León XIV tiene que hacer valer su autoridad ante unos y ante otros. No puede decir al desafío público y notorio de los alemanes, porque desaparecería el principio de autoridad en la Iglesia. Y no puede ceder ante los lefebvrianos, ya que no puede aceptar que el Vaticano II no haya sido un auténtico Concilio, abandonando así la tesis de Benedicto XVI, que intentó salvar el Concilio haciendo responsable de la crisis a su aplicación y no a los documentos en sí mismos.

Recemos por el Papa. Que el Espíritu Santo le ilumine y le fortalezca, para que siga luchando por la unidad, sin perder nunca de vista que, para conseguirla, no se puede sacrificar la Verdad, que es el propio Cristo.

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