22 de mayo de 2026.
Alemania sigue dando que hablar. Se ha celebrado el “Katholikentag”, el congreso bianual de los católicos alemanes. Entre otros invitados, han participado dos cardenales: el cardenal Grech, secretario del Dicasterio para el Sínodo, y el cardenal Nemet, de Belgrado. Para el primero, el Sínodo alemán es una obra del Espíritu Santo y no ha dudado en decir a los alemanes que nadie debe frenarles: “Debemos caminar juntos y, por supuesto, respetar el ritmo de cada uno en la medida de lo posible, pero en cuanto a los más rápidos, no se les debe frenar”. El segundo ha descendido un poco más a detalles y no sólo ha dado su bendición al evento, sino que lo ha puesto como ejemplo de por dónde debe ir el conjunto de la Iglesia: “La Iglesia alemana trabaja con mucha rapidez, avanza sin demora, a veces no escucha otras voces e incluso disfruta provocando a la Curia. Eso forma parte de su estilo». Sin embargo, considera que dicho estilo es necesario: «Observamos el proceso sinodal, pero también la convergencia entre el proceso alemán y el proceso de la Iglesia universal. Eso es muy evidente”. Lástima que ninguno de los dos se haya referido al rechazo público del Papa a las bendiciones gay aprobadas por la Conferencia Episcopal alemana, o al hecho de que en ese mismo “Katholikentag” hubiera un taller informativo dedicado a enseñar prácticas sadomasoquistas y otro dedicado a la transexualidad. Qué haya cardenales que vean todo esto como el futuro de la Iglesia no hace más que dar argumentos a los tradicionalistas, dispuestos a afrontar la excomunión antes que seguir formando parte de una Iglesia de este tipo.
Una Iglesia, además, que se contempla a sí misma, cada vez más, como una máquina burocrática, organizadora de reuniones infinitas. Esta semana se ha publicado el calendario de reuniones hasta el 2028, para implementar las conclusiones del Sínodo de la Sinodalidad a todos los niveles. Seguramente acertó aquel que, hace ya muchos años, dijo que cuando venga en su gloria del Hijo del Hombre no nos encontrará unidos, pero sí reunidos. Entre los temas que se deben estudiar están las aportaciones del grupo 9, sobre el nuevo tratamiento a dar a las prácticas homosexuales. No se dice que se deben aceptar esas conclusiones, pero sí que hay que estudiar y debatir sobre las mismas, a pesar del rechazo que han sufrido por muchos.
En cuanto al Santo Padre, se ha reunido con los presidentes de las asociaciones laicales y, esta vez sí, ha saludado a todos los presentes. Su discurso ha sido muy bueno en lo que ha dicho, aunque ha habido cosas que también podía haber dicho. Tiene razón cuando afirma que los carismas son un don inestimable para la Iglesia. Tiene razón cuando dice que los movimientos deben ser fieles al carisma originario. Tiene toda la razón cuando afirma que ningún movimiento o asociación puede considerarse la verdadera y única Iglesia, mirando por encima del hombro a los demás, a los que considera no tan buenos como ellos. Tiene toda la razón cuando advierte a los que ostentan cargos de autoridad de que su misión es la de servir y no la de ejercer un gobierno autoritario. Tiene razón, cuando pide que se esté en comunión con los obispos y con toda la Iglesia universal y que las asociaciones y movimientos no se encierren en sí mismas. Pero, ¿qué es lo que no ha dicho? Que esos pastores a los que los movimientos deben estar unidos deben acogerlos, a la vez que respetan sus singularidades. Por ejemplo, ha afirmado en su discurso esto: “Nuestros movimientos deben buscar verdaderamente cómo vivir en comunión con toda la Iglesia, a nivel diocesano. Y por eso el obispo es una figura de referencia muy importante, y si un grupo dice: «No, con ese obispo no estamos en comunión, queremos otro», eso no está bien”. Tiene razón y seguramente que cuando él lo dice es porque se producen situaciones así. Pero creo que es mucho más frecuente lo contrario: obispos que rechazan a los movimientos, incluso a aquellos que tienen una aprobación pontificia. La mayoría de los movimientos nuevos son conservadores, fieles a la Iglesia y dinámicos en la evangelización y en las obras de caridad. Sin embargo, no muchos sino muchísimos obispos son liberales, algunos radicalmente liberales, y que simplemente prohíben la presencia de los movimientos en sus diócesis, no porque caigan en esa autoreferencialidad que el Papa critica, sino porque son conservadores. Es urgente poner fin al clima de sospecha que pesa sobre los nuevos movimientos. En muchos lugares no son acogidos como esos “dones inestimables” de que habla el Papa, sino como entidades molestas, potencialmente peligrosas, que sería mejor que no existieran. Es posible que el Papa no sepa nada de todo esto y que ignore el clima asfixiante en que tienen que sobrevivir muchos de esos nuevos movimientos. Quizá se deba a que le sucede lo que se dice de los obispos: que son unos señores que nunca pagan la cuenta de la cena y a los cuales nunca se les dice la verdad, sino que sólo se les dice lo que se cree que quieren escuchar. Es posible que al Santo Padre le ayudara, para tener una visión más objetiva de lo que está sucediendo, escuchar a alguien que no se limitara a decirle lo maravilloso que es todo y que se atreviera a contarle, sin temor a morir en el intento, otra versión de lo que está sucediendo. Si la sinodalidad es escucha, sería bueno que oyera también a aquellos que ven las cosas desde otra perspectiva. San Juan Pablo II intuyó que el Espíritu Santo soplaba fuerte a través de tantas realidades nuevas, hoy ya antiguas muchas de ellas, y las apoyó. Hubo errores, pero los frutos fueron extraordinarios. El discernimiento por parte de la jerarquía es necesario, pero no desde la sospecha permanente y el rechazo sistemático.
Mientras tanto, mientras a los que quieren ser fieles a la Iglesia se les mira con recelo, en Alemania siguen en abierta desobediencia, bendiciendo parejas irregulares en contra de la opinión explícita del Papa, y no pasa nada e incluso se les elogia. ¿Cuánto hubieran tardado en ser destituidos los obispos africanos si se hubieran atrevido a hacer bendiciones a polígamos? Pero, claro, unos son ricos, a los que se les tolera todo y de los que se dice que son el futuro de la Iglesia, y otros son pobres, que parecen servir sólo para aumentar las estadísticas del número anual de bautizados o de seminaristas.
Rezamos por el Papa.

