12 de junio de 2026.
El Papa ha terminado su viaje a España y se encuentra ya en Roma. Ha sido un éxito rotundo, con dos protagonistas que se entendieron perfectamente: el Pontífice y el pueblo español. El día antes de que iniciara el viaje dije que la acogida de los madrileños iba a ser apoteósica. No me equivoqué. Madrid se volcó con el Papa y las escenas que mostraban los drones que recorrían los lugares donde se congregaba la multitud para participar en los distintos actos presididos por el Santo Padre, eran impactantes. Barcelona, en cambio, destacó por la belleza del acto central que motivaba la presencia del Papa, la bendición de la última torre de la Sagrada Familia, la de Jesucristo. La Sagrada Familia, posiblemente el templo más bello que hoy existe en el mundo, lució de forma espectacular, en una ceremonia estéticamente estremecedora. Canarias, por su parte, acogió al Santo Padre con el amor sencillo y sincero de los que ven como el Papa quiso estar a su lado para agradecerles la acogida, a veces heroica, que hacen a los que llegan a sus costas buscando un futuro mejor que no siempre encuentran.
El pueblo español, en Madrid, Barcelona o Canarias, demostró lo que es: un pueblo que quiere ser fiel a Cristo y que no se avergüenza de sus raíces católica, que incluyen la fidelidad al Vicario de Cristo como una de sus señas de identidad. Pero si esto hizo el pueblo, lo del Pontífice no sólo estuvo a la altura, sino que lo superó. Para la historia quedaran imágenes, como la impresionante procesión del Corpus por las calles de Madrid con su suelo adornado con tapices de flores y con la Custodia portada por el propio Pontífice, o la del Papa abrazando a las presas de la cárcel barcelonesa o a los emigrantes de Tenerife. Pero, sobre todo, lo que quedarán son los mensajes. Todos fueron excelentes, pero creo que hay dos que son especialmente importantes. Uno es el del discurso en las Cortes españolas y el otro el que dijo en Barcelona. En el Parlamento, ante los diputados y senadores que quieren que el aborto se convierta en un derecho constitucional, León XIV no dudo en defender los tres principios innegociables que Benedicto XVI propuso como esenciales a la hora de orientar el voto católico: defensa de la vida humana desde su concepción hasta su “ocaso natural” -con lo que rechazaba la eutanasia y no sólo el aborto-, derecho de los padres a educar a sus hijos y defensa de la familia; esto desborda el contexto español en que se produjo y deja claro a los católicos de todo el mundo que siguen vigentes las indicaciones de Benedicto XVI y que, aunque no sean las únicas cosas a tener en cuenta a la hora de votar, esas son innegociables.
El otro discurso, de valor más casero pero que debemos agradecer enormemente los españoles, fue el que dijo en Barcelona, desde el primer momento de su llegada a la capital catalana. Usó abundantemente el catalán en sus alocuciones, para dejar claro que Cataluña es región y no nación y que su vocación es la unidad y no la separación. Incluso citó la estrofa del Virolai, el himno a la Virgen de Montserrat escrito por Jacinto Verdaguer que omiten los independentistas, y en la que se dice que Nuestra Señora será siempre princesa de los catalanes y estrella de oriente de los españoles. Que un Papa diga ante los que quieren el aborto y la eutanasia, en el Parlamento donde se han votado esas leyes, que eso va en contra de los derechos humanos, y que diga en Barcelona que Cataluña es una región española, es algo que todos los católicos, pero especialmente los españoles, debemos agradecer al Santo Padre y que nos obliga a a estar aún más unidos a él.
Han ocurrido más cosas en la Iglesia esta semana, por supuesto, pero ninguna de la importancia de este viaje del vicario de Cristo a España. El debate de si es o no un continuador de Francisco, debe quedar definitivamente superado. Un Papa que reivindica los principios innegociables de Benedicto XVI y que repite literalmente, en su discurso a los jóvenes madrileños, las palabras de San Juan Pablo II: “No tengáis miedo”, mientras les invita a manifestar públicamente su fe, es un Papa que indica claramente cuál es el camino a seguir, sin olvidar a su inmediato predecesor, del que siempre recupera lo mejor de su magisterio. La búsqueda de la unidad la está consiguiendo. Demos gracias a Dios y recemos por él, pues me consta que no son pocos los obispos liberales que están sorprendidos y disgustados.

