¿Por qué España acogió con entusiasmo al Papa?

19 de junio de 2026.

            El viaje del Papa a España ha sido tan importante para él, y por lo tanto para la Iglesia, que ha querido dedicar íntegramente el contenido de la catequesis de los miércoles a comentarlo. Es normal hacer una referencia como ya hizo el domingo en el ángelus, pero no lo es dedicar su catequesis semanal a una visita pastoral. De hecho, hay quien ha escrito que el Pontificado de León XIV empieza con este viaje, tanto por el apoyo espectacular de los fieles como por los dos grandes temas tratados en sus mensajes: el discurso ante el Parlamento español -relanzando los principios innegociables de Benedicto XVI y, por lo tanto, proponiéndolos de nuevo como argumentos válidos para orientar el voto católico en todo el mundo- y el mensaje en Canarias sobre la emigración.

            Pero lo primero que dijo el Papa en su catequesis del miércoles que no se podía dar por sentado que el pueblo español le acogiera como le acogió. Eso es porque no nos conoce lo suficiente, pues era algo que, como dije el día antes, se puede dar por descontado. Somos papistas y lo somos sin avergonzarnos de ello. Somos papistas pero no somos tontos. Es decir, somos conscientes de que el Papa es el vicario de Cristo, pero no el superior de Cristo. El propio Pontífice lo reconoció de alguna manera cuando dijo que esa acogida multitudinaria expresaba «la necesidad generalizada de reencontrarse unidos sobre un fundamento verdadero y profundo, no ideológico ni de interés parcial», un fundamento que «solo Cristo puede asegurar» y que el Evangelio transmite porque responde a «la búsqueda de la verdad y la sed de justicia». Se le acogió con entusiasmo porque es el vicario de Cristo pero también porque el pueblo ha intuido enseguida que este vicario de Cristo les está hablando del Señor y que, al haber puesto el fundamento de su mensaje en Cristo, lo ha puesto sobre la Verdad, pues sólo Cristo es la Verdad. Una unidad que no esté basada en la Verdad, que es Cristo, no es la unidad católica que el pueblo quiere. El Papa ha acertado desde el principio en unir ambos conceptos -como hizo de nuevo en su comentario del miércoles-, los de unidad y verdad, los de la unidad en torno a Cristo. Esto, repito, el pueblo de Dios lo ha intuido enseguida y su entusiasmo no se debía sólo a la llegada del Papa, sino a la llegada de un Papa que les hablaba de Dios, de Cristo, de la fidelidad a la Palabra de Dios y a la Tradición. El pueblo español se ha volcado con un Papa católico, precisamente porque somos papistas, pero no somos tontos. Un Papa liberal no hubiera sido acogido, ni de lejos, de la misma manera. Hubiera habido gente en las calles, por supuesto, pero ni tanta ni con tanto entusiasmo. Repito: somos papistas, pero no somos tontos.

            El otro gran tema es el de la emigración. Es una cuestión compleja, con muchos matices, que no se puede resolver de manera sencilla. Por un lado está la situación de millones de personas que, en sus países de origen, no logran encontrar una forma digna de vida, bien sea debido a la guerra o a la situación económica. Por otro, están los países a los que estas personas quieren entrar de modo ilegal y que se ven asaltados, con consecuencias de todo tipo, desde las económicas hasta las de la violencia que algunos de esos inmigrantes provocan y que a veces están ligadas a bandas terroristas. El discurso del Papa León sobre el tema es mucho más matizado que el de su predecesor. Reconoce claramente el derecho de los países a defender sus fronteras y a poner límites a la inmigración ilegal, ataca duramente a las mafias que se dedican a hacer negocio con esta nueva trata de seres humanos, y pide los ilegales que asuman la cultura de los países a los que llegan, respetando sus leyes. A la vez, reclama que los ilegales sean tratados como seres humanos, incluso cuando la ley exige que sea devueltos a sus países de origen. Es significativo que esta semana haya sido noticia la publicación del libro del vicepresidente norteamericano Vance en el que, entre otras cosas, narra el desencuentro que tuvo con el cardenal secretario de Estado a propósito, precisamente, de las leyes migratorias que está aplicando el presidente Trump. Esa política migratoria está dividiendo a los católicos norteamericanos, alejando a algunos del Partido Republicano y a otros de la Iglesia. Lo que el Papa está proponiendo quizá sí podría ser aceptado por Vance, aunque no lo fuera por Trump: emigración legal, guerra a las mafias, ayuda a los países de origen para que nadie se vea forzado a emigrar y, a la vez, trato humano a los que están en los países de acogida como ilegales, a la vez que se les exige respeto a las leyes, como a los nacionales del país, con todas sus consecuencias.            

Y todo esto como resultado de un viaje apostólico a España. Un viaje en el que el Papa ha podido comprobar que el pueblo le quiere mucho y que espera de él que les guíe hacia Cristo, Camino, Verdad y Vida, y que la unidad que busca en la Iglesia no se haga a costa de sacrificar la Verdad, porque sería como si se matara a Cristo para poder seguir a Cristo. Sin Cristo, sin verdad, no hay unidad posible, porque, como dice el lema del Papa, la unidad se hace en torno al Uno y ese Uno es Jesucristo.

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