Los lefebvrianos excomulgan a la Iglesia

3 de julio de 2026.

Como estaba previsto, se ha consumado el cisma protagonizado por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X al ordenar sin permiso papal a cuatro obispos. También como estaba previsto, los ordenados y los dos obispos ordenantes quedaron automáticamente excomulgados. Lo que no estaba previsto era que el Vaticano excomulgara a todos los sacerdotes de la Fraternidad y que extendiera la excomunión a todos los laicos que se adhieren a ella; ningún laico podrá confesarse válidamente con dichos sacerdotes y si ellos celebran algún matrimonio no será válido. Esta sanción es durísima y excede con mucho a la que impuso San Juan Pablo II a la Fraternidad cuando monseñor Lefebvre ordenó, también sin permiso papal, a cuatro obispos. Pero, para ser justos y entender por qué se ha llegado a este extremo hay que remontarse a lo sucedido en los últimos días e incluso en el acto mismo de la consagración episcopal.

El día 29, solemnidad de San Pedro y San Pablo, el Papa hizo un llamamiento público a los lefebvrianos pidiéndoles que pararan las consagraciones y ofreciéndoles diálogo. Al día siguiente, se produjo la respuesta del P.Pagliarani, superior general de la Fraternifdad, muy amable en la forma, pero muy tajante en el fondo: iban a seguir adelante y pedía al Papa que se tomara su tiempo antes de reaccionar a lo que iba a ocurrir. Quizá en ese momento aún se podían haber evitado las excomuniones incluso de los ordenantes y de los ordenados, pero lo que ocurrió el día 1, miércoles, durante la consagración fue mucho más allá de un gesto de desobediencia al Papa.

Siempre, en una consagración episcopal, antes de llevarla a cabo, se lee la carta donde se dice que el Papa ha decidido conceder la plenitud del sacerdocio al que va a ser ordenado obispo. Como ese documento no existía, lo que se leyó fue lo siguiente: “Es la Iglesia Católica Romana, siempre fiel a las tradiciones recibidas de los apóstoles, que en circunstancias completamente excepcionales exige de nuestra parte volver a la preservación de las mismas, esto es: el depósito de la fe, y tomar las medidas necesarias para seguir transmitiéndolas a todos los hombres para la salvación de sus almas. Teniendo en cuenta que, desde el Concilio Vaticano II hasta nuestros días, las autoridades de la Iglesia están imbuidas en un espíritu contrario al de la fe y obran en contra de la santa tradición, ante Dios estimamos que es un deber sagrado para con la Iglesia y las almas proceder a la consagración de obispos plenamente fieles a la santa tradición y al magisterio constante de la Iglesia”.

Conviene detenerse en estas tremendas palabras, sin las cuales posiblemente la respuesta del Vaticano habría sido muy distinta: “Teniendo en cuenta que, desde el Concilio Vaticano II hasta nuestros días, las autoridades de la Iglesia están imbuidas en un espíritu contrario al de la fe y obran en contra de la santa tradición”. Es una auténtica declaración de herejía contra la Iglesia católica. Todas las autoridades de la Iglesia desde el Concilio Vaticano II, todos los Papas – incluidos San Juan Pablo II y Benedicto XVI-, todos los obispos -incluidos cardenales como Burke, Sarah o Müller- y todos los sacerdotes son acusados de estar “imbuidos en un espíritu contrario al de la fe”, lo que equivale a ser declarados herejes. Lo entenderemos mejor con algunos ejemplos: San Pío de Pietralcina murió en 1968 y era una “autoridad de la Iglesia”, pero para los lefebvrianos es un hereje, pues el Concilio fue clausurado en 1965; del mismo modo lo fueron San José María Escrivá (muerto en 1975) o el beato polaco martirizado por los comunistas Jerzy Popieluszko (muerto en 1984). Si consideramos “autoridades de la Iglesia” a las fundadoras o reformadoras de congregaciones religiosas, habría que incluir entre los herejes a Santa Maravillas de Jesús (muerta en 1974) e incluso a Santa Teresa de Calcuta (muerta en 1997). Con esta declaración, los lefebvrianos estaban mostrando su verdadero rostro: La Iglesia católica son ellos y sólo ellos, pues lo que hasta ahora se llamaba Iglesia católica había caído, desde el Vaticano II, en la herejía modernista. Al declarar herejes a todos los sacerdotes católicos, los lefebvrianos nos han excomulgado y, como consecuencia, han dicho implícitamente que no le es válido a un laico ir a una misa celebrada por uno de nosotros, ni son válidas las confesiones que hagamos. Si un católico quiere confesarse y cumplir el precepto dominical tiene que hacerlo solo con ellos.

Esta acusación global de herejía no podía ser pasada por alto. La respuesta del Vaticano fue, efectivamente, durísima, pero la acusación recibida también lo había sido. ¿Qué querían que hiciera el Papa? ¿Qué pusiera paños calientes? Quizá lo de excomulgar a todos los laicos que se adhieran al lefebvrianismo ha sido muy duro, pero la provocación había venido de su parte.

Con esto, naturalmente, no está todo dicho. Los lefebvrianos tienen razón al decir que hay autoridades de la Iglesia que actúan en contra de la tradición, aunque se equivoquen al decir que son todas las autoridades las que lo hacen. Ahí está precisamente el argumento que ellos utilizan para desprestigiar a la Iglesia y acusarla de herética. Pongo un ejemplo: en el reciente consistorio con todos los cardenales, el Papa León les pidió que le dieran su apoyo “fuerte, explícito y público”. Hizo muy bien en pedírselo y lo que debía haber sucedido era que, nada más llegar a sus diócesis, el cardenal arzobispo de Münich o el de Bruselas derogaran, entre otras cosas, el permiso para bendecir a parejas homosexuales, cosa que no hicieron. Y no ha pasado absolutamente nada.

Muchos dicen que hay dos varas de medir; una dura y exigente con los tradicionalistas y otra no sólo blanda sino blandísima contra los que vulneran las propias leyes de la Iglesia. Llevo toda la vida diciéndolo y me siento como el que predica en el desierto: la tolerancia con el mal se vuelve complicidad y da argumentos a los tradicionalistas para acusar no sólo a un sector, sino a toda la Iglesia de haber caído en la herejía modernista, incluso a los que nos sentimos incomprendidos y acosados dentro de la Iglesia simplemente porque pedimos que el Concilio Vaticano II se aplique con una hermenéutica de continuidad con la Palabra de Dios y la Tradición. Todos somos pecadores, pero no todos somos herejes. Los lefebvrianos se equivocan en eso, pero la mejor manera de demostrarlo es hacer que las leyes de la Iglesia se cumplan dentro de la propia Iglesia. Si no se hace, los seiscientos mil fieles lefebvrianos que, según dicen, forman su base laical, irán a más, por muchas excomuniones que se lancen contra ellos. O se pone fin a la tolerancia o la tolerancia acabará con la Iglesia.

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