10 de julio de 2026.
Mientras se sigue discutiendo si el Vaticano fue muy duro o no con la excomunión impuesta a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, muchos de sus miembros laicos se han lanzado a una campaña para desacreditar a la Iglesia católica y convencer a sus familiares y amigos de que sólo ellos son los verdaderos católicos y que los demás somos unos herejes. Un ejemplo son las palabras de una feligresa de la Fraternidad, Blandine Guillaumin: “Es la fraternidad, y no el Vaticano la que representa el catolicismo puro y auténtico”. Y si esto es lo que piensa uno de los que se declaran indiferentes a la excomunión, porque el excomulgador ha dejado de ser católico, es porque así se lo han enseñado.
Además de esto, ha habido otras noticias en la Iglesia. La que más me ha preocupado ha sido el nombramiento del, hasta ahora, obispo auxiliar de Friburgo, Alemania, monseñor Würtz, como nuevo obispo de Eichstätt, una pequeña diócesis de Baviera, dirigida hasta hace unos meses por uno de los pocos obispos fieles que quedaban en el país, y que dimitió, como él mismo dijo, por el acoso que estaba sufriendo. Würtz es un entusiasta defensor del camino sinodal, de la modificación de la moral sexual de la Iglesia y de la ordenación femenina. Ese nombramiento ha sido interpretado como un claro apoyo al Sínodo alemán y así lo han visto tanto sus simpatizantes como por los que no están de acuerdo. Si la prohibición por el Vaticano, de hace unos días, de que los laicos predicaran en misa supuso un alivio para los que, en Alemania, quieren seguir siendo fieles a la Iglesia, el nombramiento de Würtz ha sido un mazazo a sus expectativas de que en Roma se estuvieran tomando en serio poner fin a lo que sucede allí. Pongo un ejemplo, un grupo de padres de Hamburgo están luchando para que en los colegios católicos no se enseñe la ideología de género; han creado incluso una asociación llamada “Red de padres para la protección infantil y la prevención”, que se ha reunido con el arzobispo y con el director de las escuelas católicas, además de escribir a la Nunciatura e incluso han puesto una denuncia canónica contra la Arquidiócesis, sin que sirviera para nada. Mucha sinodalidad, mucha escucha, pero sólo hacen caso a los que piensan como ellos. No es difícil imaginar cómo les ha caído el nombramiento por el Papa de un obispo tan liberal como Würtz. Cosas así dan argumentos a los lefebvrianos cuando afirman que a ellos les excomulgan y que a los que defienden abiertamente doctrinas contrarias a las de la Iglesia no se les hace nada, se tolera que las lleven a la práctica e incluso se les premia.
También me ha llamado la atención la declaración hecha por el cardenal de Lima, monseñor Castillo, tras ser recibido por el Papa. Ha afirmado que vamos a una Iglesia unida en la diversidad. Dicho así, parece una frase inocua e incluso aceptable. Pero hay que preguntarse qué se entiende por unidad en la diversidad. Si eso significa que van a poder coexistir las misas según el novus ordo con las tradicionales, o que se va a poder comulgar en la boca sin ser maltratado por el que da la comunión, me parece muy bien. Pero si eso significa que en una parroquia se bendecirán parejas gay y en otra no, que en una diócesis habrá sacerdotisas y en otras no, que en un país el ejercicio de la homosexualidad no será pecado y en otro sí, entonces ciertamente habrá diversidad, pero no habrá unidad. Y no la habrá porque la unidad sólo se puede hacer en la verdad y la verdad es Cristo, que se nos manifiesta a través de la Revelación, en su Palabra y en la Tradición. Si van a eso, el cisma de los lefebvrianos va a ser pequeño comparado con el que se va a producir. Una cosa es aceptar sin reservas el Vaticano II interpretado y aplicado con una hermenéutica de continuidad y otra muy distinta es aceptar una Iglesia que tenga muy poco que ver con la que ha existido durante dos mil años. ¿Tienen razón los lefebvrianos cuando afirman que la Iglesia ha dejado de ser católica? Como decía hace poco monseñor Bux, hasta que no se acabe la tolerancia con algunas de las cosas aprobadas en el Sínodo alemán, muchos contestarán afirmativamente a esa pregunta y dejarán la Iglesia, incluso aunque no se sientan atraídos por la liturgia tradicional. La tolerancia con los errores es el verdadero cáncer de la Iglesia.
Recemos por la Iglesia y especialmente por el Papa.

