24 de julio de 2026.
Hay noticias que suelen pasar desapercibidas o que son vistas, simplemente, como una anécdota. Y quizá debería ser así, si no fuera porque son un síntoma, un aviso de lo que se está preparando desde hace años. Me refiero a la decisión de la Diócesis alemana de Hildesheim de unificar tres parroquias y poner al frente de ellas a dos mujeres, una encargada de la pastoral y la otra de la administración. Han contratado a un sacerdote procedente de India para que se limite a celebrar los sacramentos. La “pastora” -la encargada de la pastoral- será quien decida la línea que debe seguirse en las parroquias y, por lo tanto, controlará las homilías del sacerdote, si hay o no confesiones, si se celebran bendiciones para parejas del mismo sexo y todo lo demás, en línea con lo decretado por el Sínodo alemán. El sacerdote es, simplemente, un empleado que, en este caso, es además un emigrante contratado, que corre el riesgo de ser enviado de nuevo a su país si no obedece a la “pastora”. Lo mismo que se contratan inmigrantes para que hagan los oficios que los del propio país no quieren hacer, se contratan también para que celebren misa, que no es exactamente lo mismo que ser sacerdote. La Tradición de la Iglesia, confirmada sin ninguna duda por el Concilio Vaticano II, establece que el sacerdote recibe con la ordenación el deber y el derecho de ejercer tres servicios a la comunidad: el de santificar (sacramentos), el de enseñar (catequesis, incluidas homilías) y el de gobernar. Un sacerdote al que le privan de dos de esos servicios no está ejerciendo plenamente su sacerdocio. Se le dice: ponte ante el altar, di las palabras de la consagración y luego te vas.
Lo que ha ocurrido en Hildesheim no es un hecho aislado, sino que es la consecuencia lógica y buscada de una política eclesial destinada a crear una Iglesia sin sacerdotes. ¿Quién va a querer ser sacerdote para convertirse en eso en lo que han convertido al inmigrante indio, que debe obedecer a una señora incluso en lo que tiene que predicar, si es que le dejan predicar? En toda Alemania se han ordenado este año 26 nuevos sacerdotes. Esa cifra ha sido superada por la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro, uno de los institutos plenamente católicos cuyo carisma es la celebración de la misa tradicional y que no tienen nada que ver con la Fraternidad de San Pío X, los lefebvrianos. Otro ejemplo, nosotros, los franciscanos de María, que somos muy pocos, tenemos este año un novicio alemán; es ingeniero y trabajaba con un buen sueldo en Münich, para Siemens. ¿Alguien puede creer que un joven alemán, con estudios universitarios o sin ellos, va a renunciar a todo para convertirse en un empleado que tiene como jefe a una “pastora” que no le permite ni siquiera predicar libremente?
Se puede alegar que lo sucedido en Hildesheim es fruto de una necesidad: no hay curas. La causa -dicen- es que no hay vocaciones y no queda más remedio que recurrir a poner mujeres al frente de las parroquias y contratar inmigrantes para que celebren los sacramentos. Pero este es un argumento tramposo, porque si no hay curas es porque han hecho y siguen haciendo todo lo posible para que no los haya. Quieren una Iglesia sin sacerdotes, una Iglesia de laicos -preferiblemente de laicas, como demuestra que al frente del experimento de Hildesheim no estén un hombre y una mujer, sino dos mujeres-. Ni siquiera quieren a los diáconos casados, como confirma el hecho de los pocos que hay en Alemania, en comparación con Estados Unidos por ejemplo, porque esa vocación, la del diácono casado, no se promueve. El diácono casado puede ejercer el servicio de gobierno y el de la enseñanza, pero, al haber fracasado en su intento de que la mujer sea ordenada diaconisa, no les interesa que haya diáconos y van, directamente, a poner mujeres al mando de las parroquias y a contratar emigrantes de países pobres para que, a cambio de un buen sueldo, se limiten a pronunciar las palabras de la consagración.
Este odio al sacerdote es una consecuencia de la ideología woke infiltrada en la Iglesia y ya consolidada en una parte de ella, como es el caso de Alemania. Es falso que se pongan mujeres al mando de las parroquias porque no hay sacerdotes; la verdad es que no hay sacerdotes porque se desprecia su vocación y se la reduce al mínimo de lo que es, casi a una parodia de lo que debe ser: un “alter Christus”, alguien que representa a Cristo y que actúa en persona de Cristo, y no sólo cuando consagra y perdona pecados, sino también cuando gobierna la comunidad y cuando enseña la verdadera doctrina. Incluso un país golpeadísimo por la secularización como es España, tiene en este momento 1066 seminaristas, comparados con los 300 de Alemania y la diferencia entre el número de católicos no es tanta: 19 millones en Alemania y 26 en España, según los datos del CIS, aunque el número de bautizados sea mucho más. Lo que sucede es que en la Iglesia en España, a pesar de su secularización, no se margina al sacerdote y en Alemania sí.
¿Cuánto durará ese tipo de Iglesia? El año pasado, la Iglesia en Alemania perdió medio millón de fieles y lleva ya muchos años con cifras parecidas. Dentro de poco, en las tres parroquias “feminizadas” de Hildesheim, tendrán que poner a la venta primero un templo, luego otro y por último el tercero. Incluso la “pastora” y la administradora se quedarán sin trabajo. Será inevitable y no porque sea una iglesia sin sacerdotes, sino porque ya no es la Iglesia de Cristo.
Oremos por la Iglesia y por los que la gobiernan, para que entiendan que la unidad no puede ser construida sacrificando la verdad, porque la verdad es Cristo y una Iglesia sin Cristo ya no es la Iglesia.

