El Papa, en un campo minado

21 de agosto de 2026.

Hace unas semanas, una plataforma constituida por un grupo de padres, hicieron saber al Vaticano la grave situación en que se encuentran los colegios católicos de la Diócesis de Hamburgo. Por decisión del obispo, se está enseñando a los niños la ideología woke, unida a la de género. Los padres, angustiados por el peligro que corren sus hijos, pidieron al Vaticano que interviniera. Esta semana han recibido la respuesta, a través del subsecretario del Dicasterio para la Cultura y la Educación, el prelado alemán Matthias Ambros. Con palabras amables, les ha  dicho que la doctrina de la Iglesia no ha cambiado y que sigue vigente el documento publicado en 2019, bajo el Papa Francisco, que rechaza la ideología de género. La doctrina, entonces como ahora, sigue siendo correcta. El problema, entonces como ahora, es que, cuando no se aplica, no pasa nada. Por eso, esta semana se han multiplicado los comentarios críticos, cada vez más ásperos, contra el Papa León, al que acusan de permitir que los liberales -y en especial los liberales alemanes- hagan lo que quieran, dejando en papel mojado y sin valor las enseñanzas, tanto las de los Pontífices anteriores como las magníficas enseñanzas suyas. Estas críticas amenazan con convertirse en un tsunami que arruine la magnífica impresión que en la mayoría de los católicos ha causado el actual Pontífice y que puede acabar, no sólo por estropear su imagen, sino también por hacer fracasar su pontificado, que pasaría a la historia como la de aquel arzobispo español del que se decía que era tan bueno, tan bueno, que no podía ser peor.

Por eso creo necesario, sin pretender justificar nada, hacer un esfuerzo por ver la realidad desde todos los puntos de vista. El de los padres que ven cómo sus hijos pueden quedar contaminados en un colegio católico es uno de ellos. Su alarma está plenamente justificada y su frustración al ver que el Vaticano no hace nada para impedirlo, también. Pero hay al menos dos aspectos que también hay que considerar.

El primero es la situación en que se encontraba la Iglesia cuando León XIV fue elegido Papa. La división era tan evidente que el nuevo Pontífice no dudó en reconocerla, cuando dijo que el objetivo de su gobierno iba a ser restablecer la unidad, sin la cual no se podía evangelizar. Algunos analistas dijeron entonces que León XIV tenía que transitar por un campo minado y que sólo lentamente podía ir desactivando las muchas minas que le habían puesto en el camino. Minas que amenazaban con boicotear su plan, como habían boicoteado el pontificado de Benedicto XVI, cuando los “cuervos” empezaron a difundir lo que estaba pasando en el Vaticano y los medios de comunicación de izquierdas (es decir, casi todos) comenzaron al unísono a exigirle la dimisión (año 2011, el llamado “annus horribilis”), con obispos que incluso se negaron públicamente a darle la mano cuando visitó su país (Alemania). Este plan de desactivar las minas exige, sobre todo, tiempo. El tiempo sólo es eterno para Dios, pero fue bastante generalizada la opinión de que el Papa lo necesitaba. Imaginemos una persona a la que le han puesto un cinturón con bombas y el artificiero se acerca a ella y va desactivándola muy lentamente, pues si se precipita todo puede estallar, acabando con la vida del que lleva la bomba y del que intenta liberarle de ella. Por mucha prisa que corra, lo verdaderamente urgente es darle al profesional el tiempo que necesite para llevar a cabo su tarea.

La otra cuestión a tener en cuenta es la situación económica de la Iglesia. Más allá de la publicidad que intenta presentar como saneado el balance anual del Vaticano, la realidad es que el déficit es de, al menos, 50 millones de euros al año. Y, sobre todo, el agujero de las pensiones de los empleados vaticanos se sitúa, como poco, en los 1.000 millones. El óbolo de San Pedro apenas cubre el 17% de los gastos de la Santa Sede y a él Alemania aporta sólo el 2,8% (Estados Unidos el 25%), pero a cambio Alemania (con unos ingresos anuales de 6.500 millones en 2023, sólo a través de los impuestos que exige pagar a los católicos si no quieren ser declarados apóstatas) financia generosamente los proyectos, reuniones e incluso costosas cenas de gala de los diferentes Dicasterios vaticanos, lo cual le da un extraordinario poder que no tendría si se limitara a dar, por ejemplo, un diez por ciento de sus ingresos al Óbolo de San Pedro. El total de lo recogido para el Óbolo en el mundo en 2024 fue de 58 millones y con el 10% alemán habría alcanzado los 700 millones, lo que hubiera resuelto no sólo el déficit anual de la Iglesia, sino que hubiera permitido solucionar en un par de años el agujero de las pensiones. Pero eso a los alemanes no les interesa, porque si dan el dinero al Óbolo pierden el control sobre él, mientras que si lo dan a los Dicasterios, previa humilde súplica de sus directivos, se aseguran engrosar el banco de favores que después se cobran de muchas maneras.

¿Y que está haciendo este desactivador de minas que es el Papa León sobre este asunto? No puede obligar a los alemanes a que no den dinero a los Dicasterios y se lo den al Óbolo, pero puede buscarlo en otros sitios. Por ejemplo, el 29 de julio se reunió discretamente con un grupo de millonarios, la mayoría de ellos norteamericanos, para pedirles ayuda. En la medida en que el Papa no dependa de Alemania, será más libre de enfrentarse con Alemania. Algunos podrían pedir que lo haga ya, aunque sea a costa de empobrecerse. Pero hay que tener en cuenta lo que eso conllevaría y, quizá, hay que darle un voto de confianza al artificiero que está desactivando la bomba, aunque haga su trabajo tan lentamente que parece que no hace nada.

Comprendo la angustia de los padres de Hamburgo y su frustración ante la pasividad vaticana. Sólo me limito a exponer otros aspectos de la realidad que pueden pasar desapercibidos, mientras rezo por el Papa para que logre desactivar las bombas cuanto antes.

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