¿Era Cristo cruel o misericordioso?

P. Santiago Martín

9 de octubre de 2026.

Ha comenzado el miércoles, en Roma, la reunión de los presidentes de todas las Conferencias Episcopales del mundo, que incluye a varios invitados expresamente por el Papa. Terminará el próximo miércoles, día 14. Están evaluando la aplicación de “Amoris laetitia” del Papa Francisco, diez años después de su publicación. Esa evaluación incluye la polémica nota a pie de página que abrió la puerta en muchos casos a la comunión de los divorciados vueltos a casar y a las parejas que viven sin casarse, tanto homosexuales como heterosexuales.

La mañana antes de empezar la reunión, el Papa aprovechó su alocución en la audiencia general de los miércoles para lanzar un aviso sobre los límites del debate que empezaba por la tarde. Lo que es digno de consideración en la cultura actual, dijo, debe hacerse teniendo en cuenta la Palabra de Dios y la Tradición, que son “el supremo criterio de discernimiento. “La presentación del mensaje evangélico debe hacerse en su integralidad y libre de las modas culturales”, pues “no es diluyendo los contenidos y suavizando las exigencias como se puede hacer atractivo el cristianismo”.

Por la tarde, en el mensaje de apertura de la reunión, planteó una pregunta esencial. “¿Cómo anunciar a las personas marcadas por las limitaciones, las heridas y el aparente fracaso la plenitud de la enseñanza del Evangelio sobre la familia?”. Dicho de otra forma, como compaginar misericordia con fidelidad a la verdad revelada por Cristo. En ningún momento hizo referencia al capítulo 8º de “Amoris laetitia” y a la polémica nota 351. No mencionó la palabra “divorcio”, ni “vueltos a casar”. Habló de personas que sufren y que se encuentran en una situación de fragilidad, a los que pide acompañar con misericordia, pero sin faltar a la verdad revelada.

¿Es posible esta especie de cuadratura del círculo, por la cual se pueda ser misericordioso con alguien que quiere comulgar sin estar casado por la Iglesia, sin que eso suponga traicionar la enseñanza de dos mil años de la Iglesia? Antes de entrar en un intento de respuesta a esta pregunta, conviene hacer dos precisiones. La primera es sobre el concepto de “misericordia”; con frecuencia se entiende desde una perspectiva sentimentalista, según la cual serías misericordioso, por ejemplo, con alguien que quisiera morir dándole una medicina letal o empujándole a la vía del tren; el “me da pena” parece ser hoy el único criterio para discernir si algo se puede o no hacer, junto con otro parecido: “si se quieren, si hay amor, todo está permitido”. Con ese concepto de misericordia, no sólo estaría permitido dar la comunión a los divorciados vueltos a casar, sino a todo el que lo desee -por ejemplo, en un funeral-, aunque haga años que no pisa una iglesia. Y, por supuesto, estarían permitidos el aborto, el suicidio asistido o el reparto de drogas para que el drogadicto no sufra por no tomarlas.

La otra precisión es sobre el otro concepto en juego, el de la verdad. La verdad no es una idea o una ideología o un conjunto de normas o de principios filosóficos. La verdad es una persona: Jesucristo, Hijo de Dios e hijo del hombre. Por lo tanto, cuando hablamos de ser fieles a la verdad, lo primero que hay que preguntarse es qué enseñó y qué hizo Jesucristo. Lo mismo hay que preguntarse para saber en qué consiste la verdadera misericordia. Tenemos muchos ejemplos en el Evangelio de cómo se comportó Nuestro Señor en casos conflictivos, pues con frecuencia le tendían trampas para atacarle. Uno de ellos es el de la adúltera a la que iban a apedrear. El Señor, después de escribir en el suelo los pecados de los acusadores y de ver cómo se marchaban avergonzados, le dijo a la mujer dos cosas: “ninguno te ha condenado, yo tampoco te condeno” -ejemplo práctico de misericordia-, pero añadió: “vete y no peques más”. La misericordia se lleva a cabo perdonando a la persona y la verdad se defiende llamando pecado a lo que esa persona ha hecho mal y pidiéndole que no lo haga más.

¿Cuándo se da de comulgar a una persona que está en pecado mortal, somos más misericordiosos que el propio Cristo? ¿Estamos defendiendo más la verdad cuando se dice que una persona que está en una convivencia irregular debe ser expulsada de la Iglesia? La misericordia se une a la verdad cuando se acoge al pecador, pero se le dice que el pecado que comete es un verdadero pecado. El problema con la nota 351 de “Amoris laetitia” es que fue interpretada al margen de lo que implica un verdadero discernimiento entre la misericordia y la verdad. El discernimiento se hace mal cuando se plantea la cuestión de forma teórica. No se trata de saber si un divorciado vuelto a casar puede comulgar o no, como si hubiera que elegir entre misericordia o verdad. La respuesta a esta pregunta, desde el punto de vista moral tiene que ser siempre “no”. Lo que habría que plantearse, el verdadero discernimiento, sería averiguar si esa persona concreta que convive sin casarse y que, por lo tanto, está en una condición objetiva de pecado, lo está también en una situación subjetiva, según la cual lo que hace, aún siendo pecado, no sería pecado para él. Pongo un ejemplo, el sexo fuera del matrimonio es pecado, pero a nadie se le ocurriría decir que una mujer violada ha pecado por haber tenido sexo fuera del matrimonio, y eso por un motivo, porque no ha tenido libertad. Para que haya pecado mortal tienen que cumplirse tres condiciones: materia grave, conocimiento de que eso que se hace es un pecado mortal y tener libertad para hacerlo. La violada no peca porque no es libre. ¿Y la mujer que está casada por lo civil y que tiene niños pequeños, que quiere comulgar y que ha propuesto a su pareja vivir castamente, a lo que él ha respondido amenazando con abandonarla a ella y a sus niños, dejándola casi en la indigencia? ¿Esa mujer es realmente libre? ¿Y si no lo es, al menos parcialmente, comete pecado cada vez que tiene relaciones con su pareja? ¿Y si no comete pecado, podría comulgar? Eso es discernimiento práctico y eso es lo que debe revisar con sumo cuidado el sacerdote. Lo que ha sucedido, que era fácil de prever y que quizá fue lo que se buscaba, ha sido que no se ha hecho ningún discernimiento y que se acerca a comulgar todo el que quiere, sin plantearse si están en pecado o no. De ver casos particulares que afectarían a poquísimas personas, se ha pasado a una generalización que destruye absolutamente la relación entre comunión y necesidad del estado de gracia. Y eso no se puede llamar de otra manera que la generalización del sacrilegio que supone comulgar en pecado mortal. Estoy seguro de que el Dios misericordioso le pedirá cuentas a los responsables de la mayor cantidad de sacrilegios que se han cometido en la historia de la Iglesia. Que Dios les perdone, porque es gravísimo, y confío en que no supieran lo que hacían.

Una última cosa. Antes de empezar el encuentro se hicieron públicos los nombres de los invitados especiales del Papa. Entre ellos figuran los tres cardenales norteamericanos más liberales (Cupich, McElroy y Tobin). ¿Por qué ha hecho esto el Papa? Ha sido para muchos un signo de apoyo a los que han defendido que los que viven en situación irregular pueden comulgar. No me cabe duda de que el Papa era consciente de que eso iba a molestar a muchos y que iba a ser interpretado así. También sabe que ese gesto se ha valorado como un desmentido a su propósito de unir a la Iglesia, pues no ha invitado en cambio a ningún cardenal conservador, como por ejemplo Müller. ¿Por qué lo ha hecho? ¿Ha querido provocar a los conservadores para que defiendan con más ímpetu la necesidad de no comulgar en pecado mortal? ¿Les ha hecho un guiño de apoyo a los liberales para compensar sus conservadores mensajes o para compensar los próximos nombramientos que quizá no sean tan conservadores? La verdad es que la elección de los tres cardenales norteamericanos y de alguno más de la misma línea se sale de lo que León XIV ha hecho hasta ahora. Habrá que ver lo que hará a continuación, para saber si es un borrón que le ha salido al mejor escribano o si es una prueba de su verdadero talante.

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