Francia renace, Alemania se hunde

P. Santiago Martín

2 de octubre de 2026.

Éxito total. Esa es la definición que merece el viaje del Papa a Francia. Precedido por el viaje a España, con menos números, pero aun así muy grandes y quizá con más valor, debido a la mayor secularización de la sociedad francesa. Todo ha sido impecable. Sólo he echado en falta algún gesto hacia los que participan en la misa tradicional, que le han apoyado sin reservas y se han volcado con el Pontífice. Ese gesto, sin embargo, lo ha tenido el presidente del Episcopado y arzobispo de Marsella, cardenal Aveline, previamente pactado con el Papa con toda probabilidad.

Un repique de campanas de siete minutos, en todas las iglesias de Francia, acogió al Santo Padre cuando pisó suelo francés el viernes pasado. Era un anticipo de la alegría desbordante con que los católicos acogieron al vicario de Cristo. Y el Papa no les defraudó. En todos los actos con las autoridades públicas, lo mismo que en el celebrado en la sede de la UNESCO, defendió la inviolabilidad de la vida humana, desde la concepción a la muerte natural. Y eso tiene especial valor en un país que ha convertido el aborto en un derecho reconocido como tal en la Constitución y que avanza hacia hacer lo mismo con la eutanasia. Delante del presidente de la República insistió en que la laicidad francesa, de la que tanto presumen, no debe consistir en excluir a la religión, y a los obispos les animó a no callar y a hacer oír su voz en el debate público.

La visita a Francia dejó, además, muchos momentos para la historia: el recorrido por los Campos Elíseos hasta la Plaza de L’Etoile, donde celebró la Santa Misa, rodeado por una multitud enfervorizada que sorprendió a propios y extraños. Luego vino el gran encuentro con los jóvenes en el Estado de Francia, donde el entusiasmo fue aún mayor. Y la misa en la renovada Notre-Dame, donde volvió a pedir que la liturgia se celebrara conforme a los cánones. Después, Lourdes, con el emotivo encuentro con los enfermos y con la foto más hermosa del viaje, sosteniendo y bendiciendo a una niña paralítica, mientras pedía rechazar “la tentación de quitar la vida con el pretexto de una falsa compasión”. Y, por último, Metz, la cuna de uno de los padres de Europa, el político francés Schuman, y donde volvió a reivindicar las raíces cristianas del continente. De fondo, más allá de los discursos, que han sido impecables, lo que queda es la certificación de que en Francia se está viviendo un renacer de la Iglesia, con multitud de bautismos de adultos, que es una señal de lo que va a pasar en el resto del mundo secularizado. Francia fue pionera siempre y lo fue tanto en lo malo como ahora lo es en lo bueno. En el avión de regreso a Roma, el Papa no olvidó recordarlo.

Mientras tanto, otros van a lo suyo. Monseñor Bonni, el de Amberes, insiste en ordenar hombres casados, metiendo así más presión al Pontífice, y añade que si no se hace será una traición al proceso sinodal. Decían que ese proceso iba a ofrecer consejos y no imposiciones, pero a la vista de lo que está haciendo Bonni, lo que busca no es aconsejar sino imponer un programa para que el que lo tiene que firmar, que es el Papa, no tenga más remedio que apoyarlo. En Alemania se ha celebrado la Plenaria de la Conferencia Episcopal; es muy revelador ver la diferencia entre lo que se dice y lo que se hace; el cardenal Marx, por ejemplo, elogia al Papa por su esfuerzo por conseguir la unidad de la Iglesia, pero en la Conferencia, todos los cargos fueron repartidos entre los liberales, sin dejar ni tan solo uno para guardar las apariencias a los pocos obispos fieles plenamente a Roma. Para colmo, el obispo de Hamburgo, monseñor Hesse, fue elegido presidente de la Comisión de Infancia y Juventud; ese es el obispo que decretó que se impartiera educación LGTB en los colegios católicos de su Diócesis y que fue denunciado ante el Vaticano por un grupo de padres católicos; no sólo no sirvió de nada la denuncia, sino que ahora sus colegas le ponen al frente de la formación de los jóvenes alemanes en todo el país. Hablan de unidad mientras pasan la apisonadora sobre los que discrepan.

El Papa entusiasma. Su mensaje es extraordinario. Pero siempre queda la pregunta de si el Papa gobierna, porque los que hacen lo contrario a lo que él enseña siguen actuando sin que les pase nada e incluso, en un claro desafío al Pontífice, son elegidos para puestos más importantes. Algunos, ante la situación, recuerdan el inicio de la primera Catilinaria de Cicerón, en el año 63 antes de Cristo: “Quousque tándem abutere, Catilina, patientia nostra?”, “¿hasta cuando, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?”. Quizá sea esta la frase que el propio Papa se dice a sí mismo al ver el poco caso que le hacen los que se proclaman sus más fieles seguidores.

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