25 de septiembre de 2026.
El obispo de Amberes, monseñor Bonny, uno de los más destacados líderes del sector liberal en la Iglesia, anunció en el pasado mes de marzo que estaba dispuesto a ordenar a hombres casados, rompiendo así la exigencia del celibato que rige en la Iglesia católica desde el siglo XII, decretada por los dos primeros Concilios de Letrán, en los años 1123 y 1139, y reafirmada en el siglo XVI por el Concilio de Trento. Esta semana ha vuelto sobre el argumento y ha dado un paso más, anunciando que ya está preparando teológicamente a los candidatos, casados por supuesto, y que tiene el propósito de ordenarlos en 2028.
El argumento que alega a favor de esas ordenaciones es la escasez de clero en su Diócesis, que tiene sólo 24 sacerdotes belgas menores de 70 años, y 46 de esa misma edad, pero extranjeros. Es necesario constatar que ese es el resultado de la política liberal de monseñor Bonny y de sus predecesores, pues hasta el Concilio esa misma diócesis tenía 1.500 sacerdotes en activo. De 1500 a 24. Un resultado catastrófico que, sin embargo, no les lleva a plantearse en qué se han equivocado. “La necesidad me obliga”, ha afirmado monseñor Bonny, justificando así su decisión.
El argumento de la necesidad pastoral es exactamente el mismo que ha utilizado la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, los lefebvrianos, para ordenar obispos sin permiso del Papa, con la consecuente excomunión dictada por Doctrina de la Fe y refrendada por el Papa. Pero no es esa la única coincidencia. En 1976, monseñor Lefebvre ordenó sacerdotes -célibes, por supuesto- sin el permiso del Papa. Eso le valió ser suspendido “a divinis”, lo que significaba que no podía ejercer públicamente su ministerio sacerdotal, cosa que no cumplió. La excomunión vino más tarde, en 1988, cuando consagró cuatro obispos, también sin permiso del Pontífice.
De momento, lo que está haciendo monseñor Bonny es un desafío abierto al Papa, una auténtica provocación. ¿Se atreverá a ordenar casados sin el permiso del Pontífice? Si lo hiciera, ¿se atreverá León XIV a suspenderle “a divinis” como hizo Pablo VI con Lefebvre? Si Bonny no llega a ordenar a los que, según ha anunciado, está ya preparando, las críticas se dirigirán contra el Papa, al cual se le considerará culpable de la falta de clero. Pero si los ordena, con permiso del Papa, aunque sea un permiso excepcional, no hay ninguna duda de que otras diócesis seguirán su camino, acabando así con la exigencia del celibato para el clero latino. En cualquier caso, es una trampa contra el Papa, que haga lo que haga -tanto si lo prohíbe como si lo autoriza- se verá envuelto en un conflicto. Si de verdad monseñor Bonny quería ordenar casados y no estaba dispuesto a hacer daño al Vicario de Cristo, lo que debería haber hecho es tratarlo en privado sin hacer pública su pretensión, de forma reiterada, como ha hecho. Así, si el Papa se lo hubiera prohibido, no habría acarreado consecuencias negativas para el Pontífice. La publicidad que ha dado a su propósito deja ya en mal lugar al Santo Padre, sea cual sea la decisión que éste adopte.
Todos sabemos que en la Iglesia católica se pueden ordenar hombres casados, pues de hecho los hay, en la Iglesia católica de rito griego. Todos sabemos que la cuestión no es del mismo rango que la ordenación femenina. Pero también sabemos que, desde el Papa Siricio en el año 386, se empezó a exigir el celibato al clero, hasta que se obligó a ello en los Concilios de Letrán, y que se hizo por el bien de la Iglesia y precisamente a exigencias de los laicos, como pudo comprobar el propio San Francisco de Asís. Romper esa exigencia es posible, pero es ir contra una tradición de siglos y, para colmo, no va a resolver el problema de las vocaciones, como demuestra el hecho de la crisis vocacional que tienen los protestantes, aunque sus sacerdotes son hombres casados. Eso lo sabe monseñor Bonny, como lo sabemos todos. No estamos, por lo tanto, ante una reclamación que podía y debía haberse presentado por los conductos oficiales y en secreto. Estamos ante un premeditado desafío público al Papa por parte del sector liberal de la Iglesia.
La otra cuestión es la de la sinodalidad. Mientras varios cardenales, como Marx o Hollerich, han insistido esta semana en que no hay marcha atrás posible, el arzobispo de Milán, que es la diócesis más importante de Europa, monseñor Delpini, al que el Papa Francisco castigó a ser el primer prelado milanés que no recibió el cardenalato en muchos siglos, ha dicho lo que muchos piensan y por miedo callan: que el proyecto de sinodalidad que se está obligando a implantar en las diócesis está causando “cansancio y problemas evidentes”, ante la exigencia que se le plantea al sacerdote, cada vez más saturado de trabajo, de tener que leer una gran cantidad de documentos y participar en cada vez más reuniones. Delpini se ha atrevido a preguntar, públicamente, si el camino sinodal es una reforma que renueva la misión o “una complicación de la vida, una confusión de relaciones y responsabilidades, una llamada a la participación para una Iglesia que ya no existe y una empresa fallida”. Y ha añadido que si, a la vista de lo que está sucediendo, no habría que plantearse que se trata de un proyecto equivocado que habría que suprimir o, por lo menos, corregir.
Al Papa le han hecho una encerrona y han sido los liberales. Haga lo que haga, con respecto a los curas casados o con respecto al Sínodo, va a quedar mal. Puede alargar la toma de decisiones hasta el 2028, que es la fecha que ha puesto monseñor Bonny para cumplir su propósito y que es también la fecha en que se celebrará la gran y magna asamblea general del Sínodo. El acoso, hasta entonces, va a ir creciendo, porque su proyecto de unidad no satisface a los que creían que su idea de una Iglesia liberal estaba ya al alcance de la mano. Rezamos por el Papa.