Milagro en el Vaticano

P. Santiago Martín

29 de octubre de 2026.

En el comentario a la actualidad de la Iglesia de la semana pasada me refería a la valoración como milagro, que hacen algunos en Perú, de la curación total del Papa. Y explicaba que, según mi opinión, la operación fue un buen trabajo médico y que, de haber habido una intervención extraordinaria de Dios habría estado en que se descubriera el pequeño nódulo de forma casi accidental, en una revisión rutinaria. Hoy quiero decir que creo que, efectivamente, hubo un milagro en el Vaticano y entiendo como tal a una intervención extraordinaria del Espíritu Santo, pero fue cuando el cardenal Prevost fue elegido Papa. Me atrevo a afirmarlo después de haber leído las declaraciones del cardenal-arzobispo de Argel sobre la misión de la Iglesia entre los musulmanes y otras suyas anteriores sobre el matrimonio. El cardenal Vasco, que ese es su apellido, no ha dudado en afirmar sobre la Iglesia en ese país del norte de África que “no es una Iglesia proselitista, no es una Iglesia que esté ahí para convertir”; para añadir a continuación que “en las religiones monoteístas, el proselitismo es un veneno, porque implica considerar falsa la religión de la otra persona”. Está usando el término “proselitismo” como sinónimo de “evangelización”, lo cual es confuso pues no son exactamente lo mismo, pero la cosa se aclara cuando dice que “no se puede considerar falsa a la religión de otra persona, porque eso pone fin al diálogo”; yo puedo dialogar con un budista o con un musulmán o con un protestante diciéndoles con caridad están en el error, lo mismo que puedo dialogar con un comunista y decirle que su ideología política es una de las grandes desgracias que le han acaecido a la humanidad; aceptaré, por supuesto, que ellos me digan lo contrario, y en eso consiste el diálogo, en decir con respeto lo que uno piensa y no en ocultarlo. Pero el problema del cardenal Vasco viene de atrás. Por ejemplo, las declaraciones que hizo en el Sínodo de la Familia sobre la indisolubilidad disoluble del matrimonio. Su eminencia afirmó que los divorciados vueltos a casar civilmente no debían dejar a su nueva pareja, porque «su elección de comprometerse en una segunda alianza ha creado un segundo vínculo tan indisoluble como el primero» y que «ante este carácter definitivo creado por una segunda alianza, la Iglesia misma no puede hacer nada». Cada vez que se casan por lo civil, ese matrimonio se vuelve indisoluble, sin que el anterior se haya disuelto. Por eso hablo de milagro en el Vaticano, porque es milagroso que con cardenales votantes como él saliera elegido León XIV como Papa, que entre otras cosas ha reiterado, en el tiempo que lleva al frente de la Iglesia, que la indisolubilidad del matrimonio no está en cuestión.

Esta semana, también, se ha conocido la carta que un conjunto de entidades que constituyen lo más granado y florecido del progresismo liberal, ha escrito a la Secretaría del Sínodo, acusando a muchos obispos de ejercer de obispos y a muchos sacerdotes de ejercer de sacerdotes, es decir, de ser poco sinodales, y ha dicho que lo que está ocurriendo en un fraude al Sínodo, a la vez que pedía al cardenal Grech que ponga un poco de orden en las filas de la jerarquía, que no están obedeciendo. Piden, por supuesto, que las mujeres sean sacerdotisas y que los laicos tengan las mismas atribuciones de los sacerdotes, alegando que eso es lo que se ha aprobado en el Sínodo. Ni eso es verdad, ni se espera que lo sea, pero ellos se rasgan las vestiduras y se consideran estafados porque no se cumple lo que nadie les prometió.

A tanta demagogia han contestado, indirectamente, dos obispos serios, que seguramente para estos cato-protestantes son muy poco sinodales. Uno es monseñor Hansen, obispo de Oslo, converso del luteranismo, que ha dicho que “tanto como católico como obispo, la fe de la Iglesia es la fe que me ha sido transmitida y la que he profesado. Como obispo, mi deber es proclamar la fe de la Iglesia. Si no lo hiciera, estaría fracasando en mi labor como maestro y sembraría dudas e incertidumbre”.

El otro ha sido el cardenal Müller, que, en una misa en Polonia, dijo en la homilía: “Los hombres no pueden reformar la Iglesia ni fundar una nueva a su antojo; es Dios quien nos reforma y nos renueva para que lleguemos a ser buenos cristianos. No es tarea nuestra reformar la Iglesia de Dios, sino transformar nuestra propia vida”.

El sábado van a ser beatificados en la Diócesis de Savannah, en Georgia, Estados Unidos, cinco franciscanos españoles que fueron martirizados por los nativos hace cinco siglos. Habían ido allí a evangelizar -lo mismo que habían ido a evangelizar a Argelia los muchos franciscanos que fueron martirizados en la Edad Media y cuyo testimonio impactó a San Antonio de Padua, que, como consecuencia, se hizo franciscano-. Pero es que, para mayor disgusto del cardenal Vasco, el martirio se produjo porque uno de los humildes frailes franciscanos se atrevió a decirle a un nativo bautizado que no le estaba permitido tener una segunda esposa. No estaba de acuerdo con la indisolubilidad disoluble y el nativo, que debía pensar como el cardenal argelino de origen francés, decidió que el franciscano era poco dialogante y poco sinodal y le mató a él y a sus compañeros. No sé si al cardenal Vasco alguna vez le pondrán en los altares, pero a los franciscanos mártires sí.

Me ha dolido mucho la noticia de que se ha vuelto a retrasar el juicio contra el cardenal Becciu. ¿Alguien piensa en el sufrimiento de este hombre, que lleva años esperando que su caso sea resuelto, con la convicción de que es inocente, pero habiendo sido crucificado y condenado ya en el tribunal de los medios de comunicación? ¿Se puede calificar de justa a una Justicia que tarda tanto en dar una sentencia? Si hace unos días hablaba del sufrimiento del Papa mientras esperaba el resultado de la biopsia después de su operación, con la incertidumbre de si el cáncer estaba extendido por su cuerpo o no, ahora me pongo en el lugar del cardenal Becciu y me duele que el juicio que debía haber recomenzado este jueves haya sido aplazado de nuevo hasta enero. Le pido a Dios que esta incertidumbre termine cuanto antes, no sólo para él sino para los muchos que están en situaciones parecidas en la Iglesia.

Y ahora la buena noticia. El Vaticano confirma el viaje del Papa a Uruguay, Argentina y Perú, con todas las etapas previstas, lo cual es la mejor señal de que está totalmente recuperado. Quizá para disgusto de algunos, pero para alegría de la inmensísima mayoría. Los milagros existen y la salud del Papa puede ser uno de ellos, pero de lo que estoy convencido es de que un milagro se produjo el día en que fue elegido Pontífice. No sé si será el mejor posible, pero desde luego, comparado con lo que podía haber ocurrido, es lo mejor de lo posible y con diferencia. Damos gracias a Dios y seguimos rezando por él. Hay muchas minas sembradas a su alrededor.

← Volver a la lista