El libro del Éxodo (II)

Una vez visto, en el capítulo anterior, el esquema general del libro del Éxodo, vamos ahora a ir por partes, comenzando por la narración que nos habla de la estancia de Israel en Egipto, la opresión sufrida y la aparición de un caudillo liberador, Moisés. Éste tiene, ante todo, que justificar que Dios le envía y luego demostrar que le apoya, lo cual hará con las plagas.

Las preguntas que se quieren responder en la primera parte del libro del Éxodo (1,1-13,16) son éstas: ¿qué produjo la aflicción experimentada por los israelitas en Egipto? ¿cuáles son las credenciales del líder? ¿cómo responde ese líder a la llamada de Dios? ¿de qué manera intenta el líder negociar con el faraón? ¿cuál es el detonante final que provoca la salida? ¿cómo debe Israel continuar celebrando esta salida?.
Ya en el libro anterior, el Génesis, se había informado al lector de la presencia de los israelitas en Egipto y de cómo se había producido esa presencia (historia de José), así como de que habían prosperado hasta convertirse en un pueblo numeroso. Este crecimiento hizo temer a los egipcios, que los sometieron a una dura esclavitud, empleándoles en la construcción. Pero si esto no era lo suficientemente opresivo, un nuevo faraón da un paso más y exige que sean asesinados por sus propios padres todos los recién nacidos varones.
Una vez presentada la causa de la rebelión, tiene lugar la presentación del líder, Moisés. Hijo de israelitas, estaba destinado al sacrificio por la orden del faraón. Pero las comadronas no quisieron matarle. Ante el riesgo que corría la familia por desobedecer la orden real, el niño es colocado en una cesta y abandonado al río Nilo. Sin embargo, la hermana vigila y así observa cómo una princesa encuentra al niño y se encariña de él. La hermana sirve de vínculo entre la madre de Moisés y la princesa y logra que sea la propia madre la que reciba el encargo de actuar de nodriza y amamantar al niño. Sin embargo, va a ser criado en el palacio del faraón por la princesa (de hecho, Moisés es un nombre egipcio que significa “ha nacido”). Es significativo que en todo el relato no aparecen los hombres. Sólo intervienen mujeres y lo hacen llevando a cabo actos de desobediencia civil, dejando claro que las leyes naturales -no matar al hijo, tener compasión de un niño abandonado- están por encima de las leyes civiles. Tanto las israelitas como la princesa egipcia son un modelo de una ética natural que se atreve a enfrentarse con la ley civil. En este momento tan decisivo, queda claro que son las mujeres las que controlan el destino del pueblo de Dios.
Después de esto, el texto da un salto y nos presenta a Moisés en edad adulta (2,11-22). Le vemos como una persona interesada por la suerte de su pueblo. Interviene en una pelea y debe afrontar la pregunta por sus credenciales, pregunta que le hace precisamente un israelita: “¿Quién te ha constituido jefe y juez entre nosotros?” (2,12). El asesinato del egipcio le obliga a huir al desierto -anticipando así la posterior huida del pueblo- y va a ser allí donde recibirá de Dios esas credenciales que necesita para constituirse en caudillo de Israel.

Mientras tanto, el pueblo sigue oprimido y eleva a Dios sus gritos pidiendo auxilio. El problema del pueblo se convierte en problema de Dios y por eso el Señor decide intervenir. Lo va a hacer dándole a Moisés el encargo de liberar al pueblo. Esto ocurre en el episodio de la zarza ardiente (3,1-6). En él se nos dan varias lecciones. La primera es el respeto y hasta el temor debido a Dios, que se expresa a través del gesto de Moisés de descalzarse y de taparse la cara. La segunda, es la continuidad entre este Dios que habla a Moisés y el que habló a Abraham; Dios no ha dejado de cuidar nunca del pueblo de Israel a lo largo de su historia. La escena de la zarza representa, pues, la acreditación de Moisés como un profeta, como un enviado de Dios. Es el Señor el que ha tomado la decisión de salvar al pueblo, tras haber oído su clamor pidiendo ayuda. No es de Moisés la iniciativa, sino de Dios. Pero el Señor utiliza al hombre, con permiso de éste, para llevar a cabo sus planes. Y ahí es donde surge Moisés y la vocación, la misión, que Dios le da. El empleo de la frase “yo estaré contigo” (3,12) indica claramente que Dios no le va a dejar solo en una tarea tan difícil como la de conseguir que el faraón dé libertad a sus esclavos y les permita marcharse de Egipto.

Pero Moisés necesita una prueba con la que poder presentarse al pueblo y ser creído por él. Pide esa prueba y la obtiene. Es el nombre de Dios, que reclama al Señor y que éste le revela: “Yahvé”, que significaría “Yo soy el que soy” o “Yo soy el que crea” (3,14-15). Para Israel, el nombre es señal de existencia real. Algo es una realidad cuando se conoce su nombre. El nombre supone una dimensión de intimidad. Al conocer el nombre de alguien se establecen vínculos personales con él. De este modo, Moisés puede ya dirigirse al pueblo teniendo un respaldo. Dios, Yahvé, el que es por sí mismo sin que nadie le haya dado origen, sino que él da origen a todas las cosas, le respalda. Por eso va a decir a los israelitas: “el Dios de vuestros antepasados me envía” y también “Yo soy me envía”. Además del signo del conocimiento del nombre de Dios, Moisés recibe otros dos: una especie de bastón o vara mágica y la capacidad de curar la lepra y de hacer otros milagros, el mayor de los cuales será la partición de las aguas del Mar Rojo para que pueda cruzar el pueblo en su huida. Yahvé se muestra también muy comprensivo con la dificultad que le expresa Moisés sobre su dificultad para hablar y le concede que sea su hermano Aarón el que le ayude para poder expresarse mejor ante el pueblo y ante el faraón. Aarón es llamado “el levita”, indicando así que la función de los futuros levitas (sacerdotes judíos) será la de transmitir la voluntad de Dios al pueblo.

La tarea comienza a realizarse con la visita a los ancianos del pueblo, a los líderes israelitas, para presentarse como enviado de Dios y para decirles que el Señor quiere que ellos le acompañen ante el faraón para pedirle la libertad para el pueblo. La negativa del faraón es la que va a obligar a Dios a intervenir a fin de que el rey decida expulsar a los israelitas para evitar males mayores.
Es en este contexto que tienen lugar las plagas, como último recurso, cuando han fallado otros, como la conversión del bastón de Moisés en una serpiente que devora a las serpientes de los magos egipcios. El relato de las plagas no es tanto una serie de devastaciones cuanto una serie de disputas entre el faraón y Moisés vinculada con la pregunta de 5,2: “¿Quién es Yahvé para que yo le obedezca y deje salir a Israel?”. Es la tozudez del faraón lo que provoca la ira de Dios, que se ve obligado a demostrarle al poderoso rey que hay alguien aún más fuerte que él, el propio Dios.
Las plagas son diez: el agua convertida en sangre (7,14-25), las ranas (7,26-8,11), los mosquitos (8,12-15), los tábanos (8,16-28), la peste (9,1-17), las úlceras (9,8-12), el granizo (9,13-35), las langostas (10,1-20), la oscuridad (10,21-29) y la última y definitiva, la muerte de los primogénitos (11,1-10). Casi todas están relacionadas con catástrofes naturales que solían suceder en Egipto y quizá por eso no terminaron de convencer al faraón, pues podían deberse a la casualidad. Sólo cuando tiene lugar la última, el rey se llena de temor y cree de verdad en el poder de Dios y cede.