Doctrina correcta, gobierno tolerante

29 de mayo de 2026.

Escuchar al Papa León se ha convertido en un ejercicio que me esponja el alma y la llena de gozo. Por ejemplo, esta semana, el mensaje al Dicasterio para la Evangelización, que ha sido uno de los considerados “liberales” dentro de la Curia, no ha podido ser más claro ni más católico: “Ciertamente, no es diluyendo los contenidos y suavizando las exigencias como se puede hacer atractivo el cristianismo, sino dando testimonio con humildad y valentía de «el camino, la verdad y la vida» que ha convertido y santificado a tantas personas”. Y, aunque citó a Francisco, no olvidó a Benedicto, recordando estas palabras suyas: “Lo que necesitamos en este momento de la historia son hombres que, a través de una fe iluminada y vivida, hagan creíble a Dios en este mundo. Solo a través de hombres que han sido tocados por Dios, Dios puede volver a los hombres”.

El miércoles, en la audiencia general, se refería a la liturgia y, citando a Pío XII, a San Juan Pablo II y a Benedicto, recordó que no fue intención del Vaticano II, “desorientar a los fieles, disuadiendo a cualquiera de añadir o quitar o modificar algo, en materia litúrgica, por iniciativa propia”. Por lo cual, concluía con esta exhortación: “Animo a todos los sacerdotes a respetar los textos y las normas de la liturgia con apertura, humildad, confianza en la grandeza de Dios y con sincera fidelidad a la comunión eclesial”.

En cuanto a la encíclica, “Magnifica Humanitatis”, sobre la inteligencia artificial, quizá el mejor resumen es el que se hizo de la encíclica de San Juan Pablo II, “Fides et ratio”: “Sí a la ciencia con conciencia”. León XIV no se opone a la inteligencia artificial, pero pide prudencia y advierte de los grandes riesgos que tiene para la humanidad si no se establecen límites éticos en su desarrollo y en su aplicación; riesgos que proceden del control que sobre la misma van a ejercer las empresas y no los gobiernos, y del intento de utilizarla como un instrumento al servicio de lo que se conoce como “transhumanismo”, el proyecto de crear una nueva humanidad que no esté sometida a los límites de la biología, incluido el género.

Pero todo esto, que es francamente bueno en su conjunto, no puede hacernos olvidar algo esencial. El Papa tiene la misión de enseñar -y la está cumpliendo correctamente-, pero también tiene la misión de gobernar. Si exhorta a los sacerdotes a no modificar la liturgia a su antojo y no hace nada más, o si dice que no está de acuerdo con que en Alemania se den bendiciones a todo tipo de parejas, incluidas las gay, y tampoco hace nada para impedirlo, León XIV corre el riesgo de que no se le tome en serio. Algunos creen haberle tomado ya la medida y opinan que no será capaz de tomar decisiones que exijan llevar a la práctica lo que la Iglesia y él mismo están enseñando y, por lo tanto, que podrán seguir haciendo lo que quieran sin que pase nada. El Papa no puede limitarse a decir “animo a los sacerdotes a que respeten las normas litúrgicas”, porque su papel no es el de un “animador”, sino que debe decir, con todas sus consecuencias: “exijo a los sacerdotes que respeten las normas litúrgicas”. Esta opinión, de que enseña pero no gobierna, que poco a poco se va extendiendo, es nefasta para el proyecto del Pontífice de unir a la Iglesia y es terrible para su propia imagen personal. Exhortar a los sacerdotes a que respeten la liturgia, sin mandar a los obispos que investiguen las muchísimas denuncias que, sobre ese tema, les llegan procedentes de los fieles, o asegurar a los coptos que no va a haber bendiciones gay, sin exigir a los alemanes que retiren el bendicional que están aplicando, es disparar con balas de fogueo. No digo que no sirva de nada una doctrina ortodoxa, al contrario, pues creo que es el principio y la base de todo, pero si no se exige el cumplimiento de esa doctrina, la impresión que se da es la de que no se está tomando en serio lo que se enseña.

Esta semana se han conocido los nombres de los futuros obispos lefevbrianos. El fondo de la cuestión que les lleva a aceptar convertirse en cismáticos, es que ellos consideran que la Iglesia ha dejado de ser católica y que son ellos los verdaderos católicos, los que custodian la verdadera fe. Nada alimenta más esta teoría que presenciar que siguen cometiéndose abusos litúrgicos sin que pase nada o que siguen enseñándose doctrinas contrarias a la fe católica con la permisividad de quien tiene el deber de velar por que eso no ocurra. Obras son amores y no buenas razones, decimos en España.

Recemos por el Papa.

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