5 de junio de 2026.
Mañana, si Dios quiere, el Papa León llegará a España, a mi país, y a Madrid, mi ciudad. No puedo dejar de recordar la primera visita de San Juan Pablo II, en 1982. Yo llevaba tres años de sacerdote y fui, con mis padres y con mi hermana, a la Castellana, junto a cientos de miles de fieles que veíamos al Papa polaco no sólo como el héroe que se había enfrentado con el comunismo, sino como el que estaba instando a los católicos a no tener miedo y a salir, sin complejos, a la calle a testimoniar nuestra fe. El Partido Socialista, encabezado por Felipe González, acababa de ganar las elecciones, aunque aún no había empezado a gobernar, y la visita del Papa reconfortó a miles de católicos que, como yo, temíamos lo peor del primer gobierno socialista.
Recuerdo un titular de un periódico describiendo cómo fue aquella visita; evocaba una frase del capítulo primero del Evangelio de San Juan: “Vino a los suyos y los suyos no le recibieron”, pero cambiando algunas palabras; el titular decía: “Vino a los suyos y los suyos se volcaron con él”. Era un titular perfecto, no sólo porque la recepción que se le brindó al Papa fue apoteósica, tan solo igualada por la que recibió en México o en su Polonia, sino porque, de verdad, los españoles éramos y somos “los suyos”. España siempre ha vivido su fe católica con estas tres dimensiones: la Eucaristía, la Virgen y el Papa. Hemos flaqueado en otros aspectos, como el conocimiento de la Palabra, por ejemplo, pero con estas tres banderas fuimos capaces de evangelizar un continente entero y la única nación de Asia -Filipinas- que es abrumadoramente católica. Nosotros, los españoles, somos “papistas” y no nos avergonzamos de ello. Por eso estoy seguro de que el recibimiento que León XIV va a recibir será, como el de los Papas anteriores que nos visitaron, extraordinario. Además, como no podía ser de otro modo, empieza este corto viaje en Madrid, que sabe hacer suyo a todo aquel que la pisa, hable el idioma que hable o tenga el color de piel que tenga. Si en Madrid nadie es forastero, mucho menos lo va a ser un Papa al que queremos por ser el vicario de Cristo. El agustino Prevost conoce España y conoce Madrid. El Papa León va a tener la oportunidad de conocer a ambas de otra manera y, estoy seguro, que tendrá la tentación de cambiar de sitio el Vaticano o, al menos, construirse un segundo Castelgandolfo, quizá en el maravilloso valle de Cuelgamuros, donde los benedictinos están sufriendo tanto.
Pero el Papa no llega a España en un buen momento. Si en 1982 muchos teníamos miedo de lo que podría ocurrir con el gobierno de Felipe González, hoy lo que tenemos no es miedo sino vergüenza por lo que está haciendo el actual presidente socialista. La corrupción ha hecho del país una cloaca, hasta el punto de que los jueces son espiados y perseguidos, y apenas queda un resquicio de sociedad que no esté contaminada. Por eso, mi miedo es que el Papa sea utilizado para lavar la imagen de los corruptos, para hacerse fotos con él que dignifiquen a los ladrones a costa de ensuciar a quien los dignifica. No entiendo la prisa por venir a España, pues los escándalos de corrupción ya eran de sobra conocidos cuando se anunció la visita, pero lo importante es que va a venir y que los españoles vamos a darle el recibimiento que merece. De nuevo se podrá decir: “Vino a los suyos y los suyos se volcaron con él”.
En cuanto a lo ocurrido esta semana en la Iglesia, hay que destacar el nombramiento de la nueva prefecta para el Dicasterio de la Comunicación. Montserrat Alvarado, presidenta de la sección informativa de EWTN, ha sido la elegida por el Papa León. Para valorar lo que significa este nombramiento hay que recordar que el Papa Francisco calificó a EWTN como una “obra del diablo”, en especial por las entrevistas que hacía Raymond Arroyo, que dependía directamente de Montserrat Alvarado. Alguien ha dicho que este nombramiento es equivalente a poner al frente de la Secretaría del Sínodo al cardenal Burke o al cardenal Müller. No sé si será para tanto, pero desde luego es un gran golpe. Durante los más de diez años que trabajé para EWTN tuve la oportunidad de conocer a la Madre Angélica y supe de primera mano lo que había sufrido con varios cardenales norteamericanos, en especial el cardenal Mahony, que hizo todo lo posible para que su cadena desapareciera. Ahora, una empleada suya, se hace cargo de la comunicación vaticana. Posiblemente más de uno estará diciendo la frase del emperador Juliano el Apóstata: “Venciste, Galileo”, pero cambiando el sujeto: “Venciste, Madre Angélica”. Este nombramiento es, hasta ahora, el que indica con más claridad que, más allá de las referencias obligadas en los discursos, el cambio ha llegado al Vaticano.
Bienvenido a España, Santo Padre. Bienvenido a Madrid. Le queremos. A veces somos molestos porque decimos lo que pensamos y, con excepciones, al menos los castellanos no solemos cambiarnos de chaqueta, pero le aseguro que le queremos. Estará usted en su casa y nosotros, los suyos, se lo haremos sentir.

